Noviembre de 1978 comenzaba con el estreno en el cine Dalia de una película que cambiaría su historia para siempre. La Guerra de las Galaxias, de George Lucas, supuso un antes y un después.  No sólo por los metros de fila para comprar entradas  -que también- sino porque los dueños de la sala de proyección más recordada por varias generaciones de vecinos decidieron apostar por títulos más comerciales. Todo creció. También la pantalla que, con 45 metros, nos parecía infinita.

Hasta mediados de los años setenta del pasado siglo la mayoría de las películas que se proyectaban en el cine Dalia (hoy almacén de Correos) eran españolas. Durante la dictadura, Manolo Escobar, era el rey de los carteles que sus propietarios, Segundo Olmos y su esposa Fuencisla, colocaban, con la ayuda de sus hijas, a la entrada y en la salida de incendios.

La inolvidable sala, de puertas de cuero acolchado con cortinas y butacas azules, como España y como Pozuelo, vivió su propia transición. Muchas de las parejas que allí acudían para disfrutar de la película de su cantante favorito, o en busca de un lugar con poca luz, se casaron y tuvieron hijos. Que, como sus padres, se convirtieron en espectadores y adolescentes enamorados o enamoradizos y viajaron en el tiempo con Michael J. Fox. O a una galaxia muy lejana. O descubrieron la arqueología con Harrison Ford. O conocieron el miedo de la mano de Freddy Krueger.

Los sábados y domingos se programaban sesiones matinales para los niños. Sobre todo en los ochenta. Con películas Disney y sesiones doble que combinaban cortometrajes de animación -como las aventuras de Mortadelo, Filemón y otros personajes de Ibáñez que saltaron del tebeo a la gran pantalla- con largometrajes protagonizados por grupos musicales. Sobre todo de uno que tenía nombre de juego de mesa. Todavía recuerdo las lágrimas del gran Manuel Alexandre convertido en Don Matías ¿Tú también?¿Y te sabes la letra del cumpleaños feliz de Parchís?

Otras aventuras para todos los públicos made in Spain que pasaron por la sala fueron las de Enrique y Ana; con vestuario de la presidenta de la Academia de Cine de España, Yvonne Blake, como recordaba Dani Rovira en la Gala de los Goya y una por entregas de Hombres G .

Por supuesto, seguían exhibiéndose cintas para mayores de 18 años en horario nocturno. Producciones de Hollywood y alguna historia nacida en España. Según los propietarios de la sala, las Mujeres al borde de un ataque de nervios, de Pedro Almodóvar, lograron llenar la sala la noche de su estreno.

Joyas olvidadas

El cine Dalia estuvo proyectando películas durante más de tres décadas. Hasta que llegaron los mini-cines a los zocos con más ocio y restauración. Por sus máquinas pasaron kilómetros de negativos. Recuperadas del olvido ahora se exponen en la sala Educarte. La mayoría de los niños que pasan por allí ni se fija en ellas y menos en pequeña cartulina enmarcada en la pared en la que puede leerse que fueron restauradas gracias a la Asociación Cultural La Poza.

Creo que si pudieran hablar contarían historias increíbles y pedirían a gritos cambiar de residencia. Si alguien quisiera escuchar las trasladaría a otro hogar. Más bonito y con más luz. Que reciba visitas todos los fines de semana. Como el cine Dalia.

A mí me susurraron sus deseos de mudanza tras el pregón de San Sebastián. Justo cuando la concejal Elena Moreno me hacía una foto con Pilar Palomo y María Carvajales.

Asunción Mateos Villar

Fotos: Archivo Fotográfico Asociación Cultural La Poza. Autor: Gregorio Rodríguez
Fotos dueños cine y ambigú: Archivo Fotográfico La Voz de Pozuelo

Las Mujeres al borde de un ataque de nervios, de Pedro Almodóvar, lograron llenar la sala la noche de su estreno. Félix y Fuencisla, propietarios del cine Dalia

Antonio,
Alejandro
y Felipe

Como olvidar a quienes durante años trabajaron en el cine de mi barrio. Forman parte de mi historia. De la tuya. De la de Pozuelo. Antonio y su inseparable linterna; lo mismo vendía entradas que hacía de acomodador o cuidaba la maquinaria. Felipe que trabajaba en el matadero municipal pero algunos fines de semana se encargaba de poner en marcha el engranaje. Gracias al hijo de la señora Isidra y hermano de Mari (recordadas por su puesto de helados) pude ver de cerca las máquinas siendo colegiala.

Y Alejandro que atendía el ambigú. Detrás de la pequeña barra conversaba de fútbol con los padres. Yo cogía las patatas fritas, las palomitas o los huesitos y salía corriendo a la sala… 

¡Vamos que empieza ya!