La navidad para mí  tiene un inequívoco aroma de en busca del tiempo perdido. Aunque no me dejo llevar demasiado por él. Hace mucho ya que la navidad empezó a medirse por las ausencias. Pero me fui acostumbrando. Debo reconocer que lo que mas me gusta es la iluminación. Luz, mucha luz. De todos los tamaños, intensidades y colores. Bombillas, leds, velas.

Desde que lo descubrí me acompaña el Villancico de Gloria Fuertes, y siempre me aferro a su último verso: “que esperen los Reyes Magos/ que les tengo que escribir”.

Es a lo único a lo que no he conseguido acostumbrarme: levantarme la mañana de reyes y no encontrar regalos. Claro, que nada que ver con el inmenso, deslumbrante y sobrecogedor poema de Miguel Hernández, “Las abarcas desiertas”: “Por el cinco de enero,/ para el seis, yo quería/ que fuera el mundo entero/ una juguetería”.

Ahora se ha convertido en una época de reencuentros con los amigos que viven lejos y aparecen para cumplir con la tradición. Esa tradición que permite sentar en nuestra mesa a los náufragos más variopintos, con alguna reminiscencia berlanguiana, según los casos. O nosotros somos el náufrago acogido en una isla. Más de una vez me he escondido y he pasado alguna fiesta señalada solo. Eso sí, nunca he renunciado a algún protocolo disperso o capricho gastronómico.

Con el tiempo mis villancicos favoritos son los gitanos. Me cautivan esas letras entendidas a su manera, esas letras ingenuas y llenas de fuerza y comprensión para la pareja nómada que no encuentra posada. Lo mismo consuelan al niño para que olvide la cruz, que sentencian al posadero sin entrañas, y siempre buscan la alegría frente a los pesares. No me canso de escuchar a La Macanita -tan bien acompañada-, en los Villancicos de Gloria, que inmortalizó Carlos Saura en su película “Flamenco”. O el toque, también cosmopolita de Lhasa de Sela o Idir para sus versiones de “Los peces”, esa melodía que con su sencillez atraviesa fronteras. Casi un misterio, sin resolver: “pero mira como beben los peces en el río, pero mira como beben por ver a Dios nacido… Beben y beben y vuelven a beber…”.

BAJO LAS LUCES

A veces la frivolidad es una forma de pactar con la tristeza. Con el tiempo uno de los dulces que no pueden faltarme son los legítimos y afamados Mazapanes de Soto, de Cameros. Con denominación de origen riojana. Son perfectos para llevarme a la infancia, a mi abuelo, a los paraísos perdidos. Lo muerdo y no es la magdalena de Proust. No. Es un estallido de presente en mi boca. La nostalgia es apenas uno de los sabores. Que plenitud. Por pequeños placeres así me conmueven las invernales fechas.

Claro, y también vendrá el escritor Mariano Sánchez Soler con su último libro dedicado, “Cuarteto de Alacant”, que acaba de salir.  Y buscaremos un bar al que podamos ir andando para ponernos al día de nuestra ciudad, que fue la suya en un tiempo lejano ya. Y sí, el cálido ritual del reencuentro y la conversación será un auténtico regalo. Al salir, cerca de la Plaza del Padre Vallet -¿de verdad nadie ha propuesto todavía que se le cambie el nombre?-, el centro de Pozuelo parecerá un desolado poblado del oeste. Yo me conformaré regresando a casa bajo las luces que brillan. Las de mi imaginación.

Jesús Gironés​
Apertura: Misterio. Museo Nacional de Artes Decorativas

Gloria Fuertes a los 13 años

La Macanita en “Flamenco” 

Mazapanes de Soto

Mariano Sánchez-Soler