Mientras volvía a su casa se adentró por aquel callejón, era la primera vez que pasaba por allí y, aunque estaba iluminado por aquellas farolas, su tétrica luz le provocó un escalofrío.

Un gato gris oscuro, casi negro, maulló mientras se paraba en su caminar por delante de él, para cruzarse y saltar la valla desapareciendo inmediatamente, aunque le oyó maullar otras dos o tres veces, quizá advirtiéndole que no era buena idea.

Algo crujió detrás, fue apenas perceptible, pero sus sentidos, a flor de piel desde que entrara en ese callejón, fueron capaces de escucharlo, no había duda, alguien se movía a sus espaldas.

Instintivamente giró su cabeza hacia atrás, para cerciorarse, para comprobar que allí nadie había que hubiera podido producir aquel crujido, aunque existir, había existido, estaba completamente seguro de eso.

Aceleró el paso, quería dejar atrás cuanto antes el callejón, que se le antojaba siniestro aunque, sonrió, más para tranquilizarse que para convencimiento, nada hasta ahora le había dado prueba alguna del carácter tétrico de aquel rincón, un gato, un ruido inexistente quizá, nada palpable.

Esta vez el ruido sonó más cercano, una hoja quebrada por una suela, unos pasos resonando en el eco de las paredes altas, una sombra, esta vez sí, adivinada en un recodo de la oscura valla.

El bulto se hizo más nítido, la brasa de un cigarro iluminando la oscuridad, el perfil de una gorra que tapa parte de una cara que sólo se adivina, un abrigo largo, unos brazos que terminan dentro de unos bolsillos anchos.

Todo eso se desvanece cuando, al acercarse, comprueba que el bulto no es más que un árbol, con su entramado y cerrado ramaje, que la brasa encendida es el brillo de la luna reflejado en el iris de otro gato, este con un solo ojo, que sale huyendo en cuanto divisa su cercanía.

Vuelve a respirar tranquilo, no ha sido nada, imaginaciones, sigue su camino y su mente, piensa él, le vuelve a jugar malas pasadas.

Entre las sombras puede observar cómo una rama se curva en exceso y, en su extremo, cuelga lo que parece un cuerpo frágil, pequeño, con los brazos muy pegados al cuerpo, parece una niña.

Y, aunque su cabeza empieza a perder el anclaje con la realidad, sonríe para sí cuando comprueba que la rama curva ostenta, en su extremo, una abundante hojarasca a la que la falta de agua ha apelmazado de tal forma que parece un conglomerado de brazos, piernas y formas que, a plena luz del día, no habría siquiera ofrecido un parecido corpóreo pero que, ante la siniestra y mortecina luz, bien pudiera serlo.

A punto estaba de terminar su devenir por aquel insólito paraje cuando creyó oír unas carreras, pasos acelerados que huyen del lugar, ruidos de pisadas que, de no ser porque se encontraba despierto y con los ojos bien abiertos, diría que pasan a su lado, casi rozándole, respirando el aire que levantan en su frenético huir.

No pudo más, aceleró el paso cual si no hubiera un mañana hasta llegar, a no más de doscientos metros, a la calle aledaña, correctamente iluminada, perfectamente visible, adecuadamente transitada.

En un pórtico amplio un anciano le miraba con interés, aunque sin extrañeza, parecía que, con la mirada, le invitaba a compartir su agitado paseo, aunque fue el anciano, y no él, quien, sin ser preguntado, comenzó un increíble relato.

Dicen que hace tiempo, cuando este callejón era el único medio de cruzar de un sitio a otro del pueblo, unos jóvenes se veían a hurtadillas hasta que los sorprendió el padre de ella, hombre rudo y de carácter autoritario, que no dudó en contratar a un matón para que, en un recodo del oscuro paraje, vestido de oscuro, con un abrigo largo y un cigarro en la boca, matara al enamorado de su hija, hombre de poca fortuna e incierto futuro.

Cuentan también que la chica, viéndose despojada de su verdadero amor, decidió ahorcarse de uno de los árboles del callejón, en donde fue encontrada por su padre, que huyó corriendo como alma que lleva el diablo, hasta la iglesia cercana, en donde pidió cobijo por sus malas artes, y en donde murió poco después, con el alma destrozada y la mente atormentada.

Pero sólo son cuentos, habladurías de ancianas que poco o nada tienen que hacer, de ociosos que se divierten metiendo miedo a los que tienen la osadía de cruzar por el callejón en el que sólo los gatos fueron testigos y en el que sólo ellos se atreven a seguir viviendo y transitando.