Solía acompañar a mi abuela cuando trabajaba, cuando lavaba aquellos montones de ropa de sus jefes en aquel lavadero de Pozuelo de Alarcón.
Allí empezaba ese arroyo en donde muchas mujeres como mi abuela se dejaban las manos, la piel y buena parte de su salud para que las sábanas y el resto de la ropa quedara más limpia que limpia.
En ese lugar, frecuentado diariamente por lavanderas que llevaban sus canastas llenas de ropa que no era suya, empecé a descubrir el mundo, a relacionarme con la gente, a saber lo que me esperaba en el futuro.
Cada una decía lo suyo, desde la que le iba bien con el marido hasta la que, desgraciadamente, sufría por su causa, por sus desmanes, por sus agresiones.
Mi abuela era de las últimas, de las que lo había pasado mal, pero de las que, a pesar de la mala vida que llevaba, ponía buena cara, buena intención, buenas palabras, sobre todo si su nieta estaba presente.
Demasiados golpes le había dado la vida, y también mi abuelo, pero aquello era historia, la viudedad le había cambiado el carácter, era más alegre, se había hecho más fuerte, más dueña de su destino y, por qué no, de su pasado.
Había dejado de acompañarla hacía tiempo pero un día decidí volver a la Poza, a aquel sitio que tantos recuerdos me traía, a ese lugar emocional en el que mi abuela y yo compartíamos recuerdos, secretos, emociones…
Nada había cambiado, el agua cayendo desde los caños, la sonrisa de mi abuela al verme, su guiño cómplice, todo estaba igual, salvo que no había nadie más, solas ella y yo.
Así fui volviendo a las charlas sobre la vida, el futuro, el pasado, las confidencias entre ambas, las frases cariñosas, la explicación sobre la vida y la muerte, sobre lo que llevaba ella encima y lo que me quedaba a mí por llevar.
Me atreví a preguntar por mi abuelo, en la familia había sido un tabú desde que falleció, por cómo había muerto, por cómo la había tratado.
Ella se abrió ante mí sin dudarlo, sin aplicar ningún filtro, si dejar nada a la imaginación, sin ocultar la verdad descarnada.
Me habló de los golpes, de las veces que, con demasiado alcohol en el cuerpo, había descargado en ella la frustración de no haber sabido ser nadie, de no haber conseguido ningún propósito en la vida, me contó cuántas veces había llorado en silencio, había sufrido las humillaciones de quien no le bastaba con la agresión física.
Me fue contando cómo se tuvo que hacer fuerte en un mundo en el que ella, y muchas más como ella, eran invisibles, no importaban, añadiendo un escalón de poder con cada golpe recibido, con cada insulto, con cada mirada de odio.
Hasta que consiguió el coraje suficiente y una noche cuando, cansado de beber y de golpear, mi abuelo se quedó dormido, mi abuela cogió una almohada y se la puso en la cara, despacio pero con fuerza, con la terquedad de quien tiene la decisión tomada, con el coraje de quien ha decidido coger las riendas de su vida.
Cuando le pregunté por qué me contaba aquello me contestó que a ella ya no podían hacerla nada, que ya había pasado el tiempo de arrepentirse y de afianzarse, que su pasado ya estaba escrito y su presente y futuro no existían.
Y por segunda vez dejé de acudir a la Poza pues sabía que mi abuela no acudiría más, que a partir de entonces hablaría con ella mirando a las estrellas.
Y recordé con nostalgia cuando dejé de ir a la Poza la primera vez, cuando pensaba que ella no iría más a lavar la ropa, cuando mi abuela falleció dejándome una pesadez en el alma del que sólo me libré cuando volví a hablar con ella en nuestras tardes de soledad en aquel lavadero de Pozuelo.
* 8 DE MARZO: DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER

