Por aquel entonces existía una explanada que, durante el resto del año, servía de plaza central, mercado o cualquiera otra cosa que las autoridades, es decir, el Gran Duque de Pozuelo, tuviera a bien celebrar allí.

Los días de fiesta se transformaba en el mentidero de aquella pequeña corte que era Pozuelo de Alarcón en esa época, lo suficientemente cerca de los Reyes, instalados ya en Madrid, y lo suficientemente alejados como para que los designios de éstos tuvieran relevancia en la gobernanza de Pozuelo.

Allí coincidían nobles y plebeyos, seglares y laicos, eruditos y golfillos que daban calor y color a las tardes festivas en las que las familias adineradas acudían con sus carruajes y sus lujosas vestimentas a dejarse ver por el resto de habitantes de aquel ducado tan agradable de habitar.

Pero en la época que nos ocupa, aquella plaza no era la mayor, ni mucho menos, y en uno de sus extremos, el que hoy ocupa la Biblioteca del genial Cervantes, se instalaba una gran tarima de madera desde la cual el Gran Duque, acompañado de su esposa y sus hijas, y hay quien dice que también sus amantes, disfrutaba de las Justas que cada año organizaba para regocijo de propios y extraños y para competencia de los caballeros quienes llegaban desde todas partes de la geografía de aquellos reconquistados reinos que pasaron, posteriormente, a reunirse en la España que todos conocemos.

Pues, como digo, se celebraban las Justas en las que caballeros de todas partes demostraban su pericia con la espada y la lanza para ganar fama y, sobre todo, el favor de las damas que, glamurosas, acudían a ver aquellos combates.

Esas Justas duraban cerca de una semana y eran días de asueto y divertimento, de buen comer y mejor beber, de celebraciones y risas pero, como en toda celebración, con el riesgo de que alguien se tomara las cosas como no eran, pudiendo caer bajo el filo de alguna espada pues los ánimos estaban caldeados por el vino y los aceros siempre dispuestos.

Y sucedió que uno de los caballeros que, en buena lid, había sido declarado derrotado en la competencia en la que había participado, había mostrado con demasiado brío su contraria opinión al respecto de lo declarado por los Jueces y ese resquemor le había ido calentando el ánimo, ayudado por el vino en demasía, llegando a afrentar a una dama de buena familia que andaba festejando los días festivos en compañía de su gente.

Fue en una de las esquinas de aquella plaza convertida en cancha deportiva de caballeros andantes en donde el derrotado y ofuscado competidor encontró a la joven que volvía de despedir a unos acompañantes a la que, con poca fortuna, se atrevió a cortejar de manera brusca y poco elegante.

La joven dama, que desde niña había residido en los dominios del Gran Duque de Pozuelo y sabía de la seguridad de sus calles, renegó de los poco caballerosos modales de aquel embriagado luchador y quiso seguir adelante hasta donde le aguardaban sus compañías, que nada sabían de la posible afrenta de aquel tunante caballero.

Y de las palabras intentó pasar a los hechos, cortándole el paso con su poderoso brazo, curtido en el manejo de la espada, una bastarda, cercana a los dos kilos de peso.

El miedo se apoderó de la dama quien se vio arrinconada en una esquina de la plaza viendo cómo aquel mal llamado caballero intentaba ponerle las manos encima como si fuera de su propiedad, decidido a hacer de ella lo que le pluguiera.

En esas estaban, agresor y agredida, y hubiera llevado a cabo su felonía aquel malandrín que arrastraba el cargo de caballero por el fango de sus malas acciones cuando de la nada, o de la oscuridad que reinaba en aquel apartado lugar, salió una voz potente y grave, conminando a aquel malnacido a dejar ir a la joven dama y batirse en duelo con él para lavar la afrenta que estaba causando al nombre de los caballeros andantes.

La niebla se fue cerrando alrededor de los tres protagonistas de aquella escena en la que el agresor se volvió hacia el que le requería lucha y, viendo el porte del defensor de la dama, inició una sonora carcajada, desenvainando el acero y yendo raudo hacia él.

Nadie más pudo presenciar aquel combate de igual a igual, nadie más que la dama afrentada pudo observar cómo, a pesar del aspecto insignificante de su defensor, al que nunca había visto, se movía como el más ágil de los caballeros y como el más diestro con la espada que había observado jamás.

Tras unos minutos de lucha encarnizada, en la que en todo momento tuvo la delantera aquel desconocido defensor, un mandoble certero acabó con la vida del desdichado y ofensivo caballero, que tuvo la desgracia de encontrarse con el mejor de los andantes frente a él.

A la mañana siguiente, llegado a oídos del Gran Duque aquel insólito relato, quiso conocer de primera mano lo que había pasado y, tras hablar con la dama ofendida, la quiso cercana a él para identificar, y así hacerle homenaje por sus actos, aquel caballero que, cumpliendo fielmente las reglas de la caballería, puso su vida en peligro por defender el honor de una dama en apuros.

No vieron a nadie que se le pareciera, nadie había en los combates que la joven pudiera decir que concordaba con los rasgos físicos de aquel desconocido defensor, nadie pudo encontrar a aquel caballero que, tras la defensa de la dama, desapareció sin dejar rastro.

Desde entonces corre la leyenda de que un caballero de edad avanzada, enjuto y espigado, coronado con una bacinilla de barbero, que monta un rocín delgado y poco lustroso y que se hace acompañar de un escudero bajito y regordete, que monta un asno, recorre los caminos en busca de entuertos que desfacer y damas que socorrer.

* 23 DE ABRIL: DÍA MUNDIAL DEL LIBRO