No le gustaba esa ruta, prefería dar un rodeo por el camino que unía el pueblo de Carabanchel con Pozuelo de Alarcón pero esa vez, dada la prisa que corría la noticia que tenía que dar, atajó por aquel bosque oscuro que llevaba a su destino desde los montes de la Casa de Campo, atravesando el pueblo de Húmera.
Sabía que se producían emboscadas a itinerantes que, como él, preferían el atajo a recorrer dos horas más de camino a lomos del caballo o en uno de los carros que, de manera habitual, frecuentaban las rutas que conducían a Pozuelo.
El paraje estaba desierto, nadie se atrevía, llegada la oscuridad, a transitar por esos caminos que, en noches como esa, sin luna, sin una luz que pudiera guiar su destino, eran caldo de bandoleros y gente de mal vivir.
Sin embargo, la información que portaba en su bolsa, debajo del capote, suponía un aliciente para asumir el riesgo de ser descubierto por el pillaje y caer presa del afán de apoderarse de lo ajeno por parte de las gentes de aquellos lares.
Era buen jinete y, por supuesto, no podría ser merecedor del puesto que ocupaba si no fuera así, mejor espadachín, quizá el mejor de la Corte, como había quedado reflejado ya en la multitud de ataques rechazados y duelos ganados.
Estaba llegando a la zona del Mirador del Rey, desde donde el Gran Duque de Pozuelo admiraba sus dominios y cuya vista llegaba a divisar el Palacio Real, cuando escuchó ruido de cascos a su alrededor, alguien le había divisado y, con toda seguridad, le seguía los pasos.
No sabía cuántos eran, aunque sabía defenderse, no tenía intención, si podía evitarlo, de tener un enfrentamiento con nadie para proteger su dinero o su vida, máxime sin saber cuántos eran los que se le aproximaban.
Clavó espuelas y se afianzó en la silla de su caballo andaluz, un robusto ejemplar de seis años, blanco moteado de grises y negros, en plenitud de fuerza y con una velocidad que dejaba en evidencia a los caballos árabes, que presumían de rapidez en la Corte.
En una rápida mirada pudo observar, al menos, a dos jinetes que se intentaban acercar desde atrás y uno más al que se le veía acercarse desde su lado derecho, estaba en inferioridad de condiciones, aunque eso no amilanaba al valiente correo del Gran Duque.
Con determinación, como aquel correo del Zar, Miguel Strogoff, intentó zafarse dirigiéndose hacia un camino que salía a su izquierda pues la subida a la colina del mirador y el cansancio de su montura, que llevaba ya un par de horas a un trote rápido, estaban consiguiendo reducir su velocidad, acercándose los jinetes perseguidores con sus monturas, seguramente mucho más frescas.
Y esa maniobra fue una temeridad, como pudo comprobar enseguida, pues el giro del caballo a pleno galope y la vista de otros dos jinetes que se aproximaban de frente hicieron que se resintiera su fiel corcel, trastabillando sus patas y dando con los huesos del jinete en el terroso suelo de aquel bosque de Húmera.
Desmontado pero ya en pie, presto a defenderse del ataque que pudiera sufrir, desenvainó su espada haciendo frente a los cinco espadachines que, también con sus espadas en mano, se dirigían a la encarnizada lucha.
Mucho oficio, buena reacción y gran combate el que entabló enseguida consiguiendo, de momento, que los atacantes observaran la valentía y el buen hacer con la espada de su víctima, mostrando una precaución cercana al miedo a ser atravesado por aquel acero tan bien manejado.
Pero la virtud se vuelve corta cuando la vileza se sirve de cinco en cinco copas, como el número de atacantes a los que, de momento, lograba repeler, hiriendo a dos de ellos y matando a un tercero.
Poco más pudo hacer aquel correo del Gran Duque de Pozuelo cuando, atravesado por las dos espadas que se mantenían en la brecha, cayó herido de gravedad en aquel paraje desolado, sin nadie que pudiera prestarle la ayuda necesaria.
Aun así, en un descuido de sus atacantes, habiéndose acercado su caballo, quizá presintiendo el grave desenlace, pudo montar, no sin dificultad, y salir huyendo aprovechando que las cabalgaduras de sus perseguidores habían huido de la escaramuza.
Medio desmayado llegó a las puertas del Palacio en donde el Gran Duque, que le esperaba impaciente, le hizo trasladar al interior para intentar curar aquellas heridas que se presumían fatales.
Con mano temblorosa mientras se encontraba tendido en aquella mesa en donde se le intentaban aplicar las curas, sacó el documento que custodiaba con tanto celo y se lo entregó a su señor, dando por finalizada su labor y, como si ya no le quedara nada por hacer, falleció en ese instante.
Como pago a los servicios del fiel correo, el Gran Duque ordenó erigir una torre de defensa en el mirador con soldados que vigilaran a cuanto jinete o caminante discurriera por aquellos parajes.
Y en las noches sin luna los guardianes de la torre de defensa pueden oír, sin ningún género de dudas, los cascos de un caballo fantasma que, al galope, atraviesa la colina en dirección a Pozuelo de Alarcón.
* MAYO: FIESTAS DE SAN GREGORIO, HÚMERA


