Dicen que siempre regresamos a los lugares en los que fuimos felices. Sabía que volver a la Sierra de la Culebra, ahora que Noé no está en este mundo de locos, era una prueba de fuego. Como ese salvaje que, a los ocho meses de que mi hijo se convirtiera en estrella, arrasó nuestro paraíso. Ardieron 60.000 hectáreas. La señal para seguir avanzando en la travesía del duelo llegó en forma de escucha. Concretamente de una animada conversación entre padres del Grupo Scout Eslabón. Virginia, Fune y Jesús hablaban de un campamento a nueve kilómetros de Villardeciervos; un precioso pueblo zamorano que, además del lugar de nacimiento de mi madre, es el sitio de mi recreo. Desde que tengo uso de razón. En la terraza de El Rincón de Pozuelo, por CAUSAlidad, comenzaba el viaje.

Este año no está siendo fácil y el vigésimo cumpleaños de Noé estaba muy reciente. Pero no había marcha atrás. Había embarcado a mis amigos en la aventura y todos estábamos ilusionados. Ellos con la idea de conocer un precioso entorno natural, venido a menos por culpa de un rayo. Yo con la de dar un paso más (casi de gigante) en mi proceso de sanación, regresando al pueblo al que iba todos los veranos con mis chicos. Con el pretexto de asistir al Día de Padres del grupo scout Eslabón de Pozuelo de Alarcón en Codesal. Pero esa es otra historia. Que, por supuesto, contaré.

La última vez que estuve en Villardeciervos fue en noviembre de 2021. Lo hice sola. Días después se me partió el corazón y todavía estoy uniendo los trocitos. Han pasado casi cuatro años y la vida ha seguido su curso. Como el río Valdalla en el que nadábamos cada verano y en el que chapoteamos Olga, Sofía, Silvia, Sara, Germán y yo en la tarde más calurosa del pasado Puente de Santiago. Juntos recorrimos además los lugares que Noé y David se sabían de memoria y hasta imitamos las tradiciones que no se perdían por nada del mundo: el pincho, las moras, el agua del caño, la peña El Castro, los columpios de Rebudillo, el campanario, Moreno (el del programa de Calleja) y su moto… Hasta los posados -no entraré en detalles- con la escultura del ciervo que recibe a los visitantes.

Ellos se volvieron como niños para homenajear al mío. El que llevo dentro y tatuado en una piel ahora un poco más tostada Por los mares interiores y el sol de Castilla. A ese hijo que amé, amo y amaré siempre. Al que no me suelta de la mano. Aunque, a veces, me lo parezca. Gracias amigos por recordármelo en cada gesto, en cada mirada, en cada abrazo, en cada carcajada, en cada silencio…

Vaya donde vaya, Noé seguirá brillando cada noche. Cerca de la luna; testigo de charlas cómplices. También entre hermanos. La última, cerca del balcón de Toña, Pili y Conchi Matellán Junquera… las amigas de la abuela Asun.

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Volver (2ª parte)

 

Dicen que el capibara no tiene miendo a nada… pero no porque sea un héroe. Es porque no se mete con nadie. No compite. No discute. No se acelera. Camina como quien ya entendió que el mundo no se detiene… pero tampoco vale la pena correr.

Anda entre cocodrilos como quien saluda al vecindario. Pasa junto a jaguares como si fueran compañeros de colegio. Y nadie lo ataca. Nadie lo ve como enemigo. Nadie lo toca.

¿La razón?

No es porque sea el más fuerte, sino porque no representa una amenaza. Porque su energía no agrede, no alborota, no intimida. El capibara no se impone, fluye. No necesita levantar la voz para hacerse notar. Tiene esa clama que no exige espacio… pero lo ocupa. Tiene esa presencia que no necesita ruido. Esa paz que, sin decir nada, te hacer respirar más lento.

Y por eso todos lo buscan: las aves, los monos, los perros, hasta lo que podrían matarlo. Porque cerca de un capibara, el mundo, deja de parecer tan hostil.

Seamos capibara