Este año cumple veinticinco pero parece una niña. Vino al mundo, con su hermana, cuando dos aviones comerciales, repletos de pasajeros, se estrellaban contra las torres gemelas de Nueva York. Dice que, por eso, no quería salir. Su madre no era de la misma opinión. Deseaba tener a las bebés en brazos lo antes posible. No me extraña. Lo suyo fue un embarazo cuesta arriba. Somos del mismo barrio. Hemos crecido y jugado juntas. Así que cuando vi a su hija María en Instagram, creando contenido sobre historias que flotan entre siglos, pensé que era un buen momento para ofrecerle una silla en el patio de vecinos. Y recorrer con ella y con Germán, los tres del Cluny, los monumentos más antiguos de Pozuelo de Alarcón; nuestra casa.

Siempre me ha fascinado la corrala del barrio de los Elementos. Desde la primera vez que contemplé el coso de varios pisos, corredores y puertas. Salpicado de cuerdas de ropa y tendederos. Me parecía un laberinto infinito… uno de los mejores lugares para jugar al escondite inglés. Porque en la calle de atrás corríamos el riesgo de recibir un balonazo. Dichoso paredón. Ahora han construido un ascensor. Me asomé no hace mucho y parecía más pequeño.

María y Carmen pasaron muchos ratos en ese edificio, frente a la tienda de Juan y Petra, donde se criaron su madre y sus tíos. Con sus abuelos maternos. También visitaban con frecuencia a su abuela paterna. Eran el juguete de ambas casas. A la protagonista de esta historia varada -a diferencia de la suya a la deriva- le encantaba ver cocinar a su abuela, las hamburguesas que su padre le suministraba por la ventana, cuando se hacía tarde, y dibujar en cuadernitos sentada en la escalera. Pero, como es inquieta por naturaleza, con la caja de lápices o ceras aguantaba poco. “Enseguida me ponía a correr por los pasillos con los cinco o seis niños que andábamos por ahí  y se asomaba alguien por alguna de las ventanas interiores para pedirnos que hiciéramos menos ruido”.

Me lo imagino. Su risa no pasa desapercibida. Además es contagiosa. En La Americana se han dado cuenta de que algo divertido nos traemos entre manos. Ocurre siempre que quedo con alguien como María. Con una soltura increíble. Que de los recuerdos de su abuela dándole pollo a su perro Troilo (a pesar de que no debía hacerlo) pasa a los de sus tíos jugando a las cartas -chupándose dos- y a la sopa caliente. Soplando como si no hubiera un mañana. Y de ahí a su animada clase en San José de Cluny. La más charlatana del aulario. Sólo el médico del centro pensaba que era un grupo maravilloso. A sus tutores (padres incluidos) les costó reaccionar ante tan insospechada percepción. “Yo era terrible, me acuerdo que una vez me tiré al suelo llorando como una loca y Sandra, la profesora, tuvo que llamar a mi madre para ver qué hacía. Le dijo que me dejara ahí que ya se me pasaría”.

María Jesús tenía razón. Se le pasó y fue cogiendo cariño al colegio. Sobre todo en su etapa de Primaria y Secundaria. Tanto que repetía un par de horas los sábados por la mañana y se quedaba a dormir algún fin de semana. Le parecía un planazo. Como las excursiones con las monjas y los compañeros a Riofrío y otros lugares de interés natural. Reconoce que, además de pasarlo bien, se forjaban grandes amistades. En Bachillerato se dedicó a pensar en su futuro profesional y el griego le hizo inclinar la balanza hacia la más humana de las humanidades.

  • ¿Cuándo descubres que lo tuyo es la historia?

Lo sabía desde que tenía conversaciones con mi tía sobre el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (risas). Además las matemáticas, la física y la química nunca fueron mi fuerte. No me gustaban los problemas ni las fórmulas. Sabía que lo mío eran las letras desde que empecé a devorar los libros. Luego me enamoré de arte y griego ¡cómo aluciné con el abecedario! Soñaba con recorrer los museos con mi familia para contarles lo que había detrás de las obras de arte. No se me olvidará el día que mis padres me llevaron al museo arqueológico y volví emocionada. Ni cuando a los nueve años lo hicieron a mi primer concierto de rock (flipo con Barricada y Rosendo). Volviendo a la cuestión… me decidí por estudiar historia en la Complutense y un año después, para ampliar mi formación académica y encontrar empleo, un Máster de Formación del Profesorado de ESO, Bachillerato, FP e Idiomas en la Antonio Nebrija. Lo terminé al mismo tiempo que mis prácticas en el IES Josefina Aldecoa de Alcorcón.

Ahora la historia es su pasión. Hasta la de los países afroasiáticos. Compartida con el fútbol femenino que ha practicado y que sigue con interés como aficionada y espectadora. Tampoco se le da mal el voleibol y eso que empezó siendo la mascota del equipo de su hermana. Ha sido jugadora y es entrenadora de las categorías de Benjamín a Juvenil del Club Deportivo Cluny Pozuelo desde hace tres años. Lleva el colegio en un corazón ocupado y centrado en la creación de contenido. Tras visitar el Castillo de la Mota. Historia a la deriva es su penúltima aventura. O más de dos mil seguidores en Instagram. El café se le ha quedado frío. Dice que le gusta así y vuelve a soltar una carcajada. Venga, a ponernos serios.

  • ¿Cuándo, dónde y cómo surge la travesía divulgativa Historia a la deriva?

Animada por mi prima que seguía cuentas de aficionados a la historia en TikTok. Llevaba mucho tiempo intentando que yo me abriera un perfil desde el que divulgar conocimientos. Basados en hechos reales. El verano pasado tomé la decisión. Estábamos veraneando en familia, como solemos hacer siempre, y el mar me trajo el mensaje en una botella. En Cádiz todo es posible. Así que buscamos nombre y las olas nos ayudaron a encontrarlo. Acababa de nacer Historia a la deriva. Es mi canal de divulgación, donde hablo de curiosidades que no suelen contarse, vinculadas a la historia. Lo mismo grabo un vídeo sobre un detalle escondido que sobre un gran acontecimiento. Nunca es tarde para descubrir cosas nuevas. El saber no ocupa lugar. Así que aquí estoy dispuesta a seguir navegando.

Por un mar en calma. Con el viento a favor y la sonrisa por bandera.

Fotos: Germán Garabatos/Archivo familiar