Salió de su casa sin rumbo fijo, pretendía simplemente dar una vuelta por los alrededores, pasear por el casco antiguo de Pozuelo, sin prisa.
Mientras se acercaba a la zona, divisando ya el colegio Divino Maestro, notó que, de forma súbita, el cielo se oscurecía, nubes de tormenta presagiaban que, lo que pretendía ser un agradable paseo, podía convertirse en un huir de la lluvia.
Al llegar a la valla del colegio el cielo se tornó negro, la noche cayó como por arte de magia en aquella zona del pueblo, sin motivo, sin explicación lógica que pudiera tranquilizar su inquieta mente que, en esos momentos, se preocupaba de tan inusual acontecimiento.
No solo el cielo tornó en negrura, también cambió, ante sus ojos, el aspecto de la zona, los edificios desaparecieron, las calles que se veían asfaltadas unos minutos antes, pasaron a ser caminos de tierra, con hierba en los bordes, todo parecía una especie de zona de campo con cierto tipo de arreglo, como si de un enorme jardín se tratara.
Al mirar atrás comprobó que el colegio había desaparecido y que su lugar lo ocupaba una valla alta de material tosco, que limitaba la zona desde la que se encontraba.
Sin otra posibilidad, echó a andar hacia adelante, en dirección a lo que, en su conocimiento del lugar, sería la plaza del Padre Vallet.
Al concentrarse en lo que veía alrededor empezó a comprobar la existencia de ciertas edificaciones pequeñas pegadas a la valla que dejaba atrás y unos montículos que salían desde el suelo, sin poder identificarlos bien debido a la oscuridad que, en un momento, se había producido.
No se atrevió a dejar el sendero y, unos minutos más tarde, pudo ver una especie de ermita con un arco en uno de sus laterales que se asemejaba mucho al Arco de San Sebastián, que se encontraba anexo al edificio del antiguo Ayuntamiento, anterior a su ubicación posterior en la Casa Cristo Rey.
Un poco más allá pudo divisar el campanario de la iglesia, pero ninguna casa, ninguna vivienda, ninguna edificación, salvo la iglesia, la ermita y esos montículos, tapaban la vista, no había nada de lo que, minutos antes, se encontraba en aquel punto.
La vista se le acostumbraba a la negrura de aquella situación, fue ganando precisión y nitidez y, a pesar de la falta de luz, pudo divisar más claramente aquellos montículos de los que sobresalían pedestales hacia arriba para descubrir horrorizado que lo que estaba viendo eran tumbas, lápidas colocadas en el suelo terroso, sobresaliendo de ellas las cruces que se erguían hacia arriba.
A ambos lados de aquel camino había multitud de ellas, algunas muy lujosas, con piedras y mármoles, con muchas flores y plantas, otras más sencillas, como un montículo en la tierra, con una cruz metálica clavada en la cabecera.
En la valla de aquel lugar, aquellas edificaciones que antes no podía ver bien, se confirmaban ahora como panteones de distintas familias y zonas que albergaban nichos, no le cabía ninguna duda, aquello era un cementerio en toda regla.
El miedo le paralizó pero se obligó a moverse, a averiguar algo de lo que estaba pasando, a no ser mero espectador de aquel espectáculo aterrador.
El ruido de unos aceros al chocar entre sí pudo percibir mientras leía la inscripción de un caballero muerto mientras luchaba a las órdenes del Rey en una de aquellas batallas en las que la fe apilaba muertos en los campos.
Unos cascos de varios caballos escuchó sin ninguna duda mientras observaba la tumba de una familia que había sido masacrada por unos bandidos en el camino que venía de El Escorial.
Dos disparos se oyeron en la oscuridad cuando se encontraba junto a la lápida de un personaje famoso muerto en un duelo a pistolas junto a la Cruz de la Atalaya.
Un grupo de monjes, ataviados con casacas negras, portaban a hombros el cuerpo de un monje mayor mientras entonaban cánticos fúnebres en dirección a una lápida que permanecía abierta, a la espera de recibir aquel fallecido.
El miedo se fue apoderando de él, tenía que irse de allí. Siguió andando en dirección a la iglesia, que sí reconocía, al menos en su torre, como la que podía ver todos los días que paseaba por aquella plaza central de Pozuelo, por aquellas calles del casco urbano en el que llevaba viviendo más de treinta años.
Siguió de largo, aquello parecía que se acababa, otra valla, llena de panteones, parecía dar por finalizado aquel cementerio instalado en aquel momento de oscuridad en aquel lugar tan populoso normalmente y tan silencioso y desierto en aquella tarde mágica y tenebrosa.
Y, según se iba alejando, parecía que se iba aclarando el día, la oscuridad fue dejando paso, poco a poco, a una claridad inicial y a un brillo solar finalmente que iluminó todo a su paso, todos los malos presagios parecían desaparecer mientras el sol aparecía en el cielo con su brillo cegador.
Como de improviso todo cambió, volvieron a aparecer las calles, las casas, todo aquel paisaje tétrico desapareció para volver a ser el Pozuelo de siempre, las calles de siempre, todo aquello que era conocido, visitado, frecuentado por los que, como aquel día, paseaban por aquella zona.
Al llegar al Camino de las Huertas todo había vuelto a su ser, todo era como lo conocía, se acercó a un panel informativo del Ayuntamiento, un cartel llamó su atención, informaba de una exposición en la Plaza del Padre Vallet, en el centro cultural Esperanza Morón:
“POZUELO EN FÚNEBRE, EL CEMENTERIO PRIMIGENIO DE LA VILLA, DESDE LA IGLESIA ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA HASTA EL COLEGIO DIVINO MAESTRO”



