Hoy hace exactamente un mes que nos mezclamos con la tropa. También con castores, lobatos y clanes. Aprovechamos el Día de las Familias, en el campamento de verano, del Grupo Scout Eslabón para hacerles una visita. Porque estaba agendada en nuestra escapada a tierra de lobos. Les encontramos en pleno corazón de la Sierra de la Culebra, a los pies del embalse de Valparaíso, en Codesal. Allí montaron sus tiendas y colgaron sus hamacas cerca de un centenar de chicos y chicas de entre cinco y veinte años. Que aman la naturaleza y han aprendido a sobrevivir en el campo. Ataviados con su pañuelo rojo y gris. Los colores del acero. El material del que están hechos los eslabones. El símbolo de unidad que hace casi medio siglo sugirió María Pura Berrocal, tras leer el libro «Escultismo para muchachos», para el primer grupo de Pozuelo de Alarcón.
Texto y fotografías: Asunción Mateos Villar





En 2027 el Grupo Scout Eslabón cumplirá cincuenta años. Que han dado para muchísimo. Desde su fundación, al calor de la parroquia de Nuestra Señora del Carmen, varias generaciones de vecinos han formado parte del movimiento creado por Robert Baden-Powell.
Algunos siguen vinculados al grupo y presumen, como sus hijos, de pañoleta. Como José Antonio García Fune que recuerda que las primeras las cosía su madre y que preparaba caldereta en el Día del Niño. O como Álvaro Prieto, al que llevaba tiempo sin ver, que reconoce seguir contagiado por el virus del escultismo. Coincidimos en el Día de las Familias. También con las hermanas Viñas y con Diego y los suyos. Hasta con la directora de la red municipal de bibliotecas de Pozuelo de Alarcón, Montse Bernal. Porque el mundo es un pañuelo. Rojo y gris.
El tiempo que pasamos en el campamento aquel sábado discurrió muy rápido. Desde el izado de bandera y el desfile a los entresijos de la transformación de la zona de acampada, pasando por la degustación de paella y dulces… casi todo nos dejó boquiabiertos.
Internarse en un bosque de robles y descubrir una comunidad de jóvenes, perfectamente organizados y sonrientes, unidos por un himno y una bandera propia, disfrutando de la naturaleza -y de sus cintas de colores- sorprende a cualquier neófito en la materia scout. Más cuando te acogen como si fueras uno de los suyos.
Y dejo de teclear. Que tengo que aprenderme el «Muere el sol».
Además, dicen que una imagen vale más que mil palabras.

