Era del tipo Crewe 1.1.1, marca Jones, fabricada en Inglaterra. Perfectamente tiraba de hasta quince vagones, unos de pasajeros, otros de mercancías. Era la primera máquina a vapor en la que confiamos en España.

Dicen algunos libros que la primera línea férrea construida en nuestro país fue la «Barcelona-Mataró», mediados del siglo XIX.

No es del todo cierto.

Hay un antecedente, también en suelo español, la línea La Habana-Guines inaugurada en 1837. Había que llevar el azúcar hasta la capital y nuestra reina, Isabel II, no puso reparos y dictó paradas en Matanzas y Cienfuegos, lugares de música, bellas mujeres, revolución e independencia. Y el azúcar nos llegó.

Pero nunca pudo imaginar D. Pedro Texeira, siglo XVII, cuando presentó su «mapa» de Madrid, que en su parte izquierda, a media altura, figurara «El camino de Aravaca» entre huertas, pozos y cultivos.

Largo el Camino de Aravaca… hasta que llegó a esos parajes un tal Gabriel Acuña de Alarcón que, con buenos dineros, adquirió de la Corona los derechos sobre Pozuelo, pero con una condición, y ésta no fue otra que cambiase su antiguo nombre por el de Pozuelo de Alarcón. Y dicho y hecho, a partir de ese momento el lugar pasó a tener categoría de Villa. Lo que hacen los dineros.

Fueron tiempos de labranza, de campos de secano y de ganado lanar, tiempos también de uvas de moscatel y de elaboración de vinos, la fábrica de curtidos… hasta que llegó el ferrocarril a Pozuelo de Alarcón. Y todo cambió.

«El ferrocarril del Norte» como así se llamó a la línea.

De Madrid a Irún y Hendaya, más de 500 kilómetros y la primera parada después de la salida de la capital fue Pozuelo de Alarcón. Locomotoras a vapor empezaron a circular por la línea, trayendo y llevando viajeros y mercancías. Máquinas veloces cargadas de sueños, de ilusiones, de proyectos, de personas que vienen y van y en algún momento detenerse, conocerse, un momento para hablar, para negociar, o entablar.

Lorenzo, mismamente, un día libre a la semana, buen galán y ansioso por conocer y descubrir. Le contaron el viaje y el lugar y pasó la tarde por Pozuelo.

O el mismísimo consorte D. Francisco de Asís que, sin duda animado por nuestra reina, su esposa, doña Isabel II, tomó el tren con algunos de sus hijos y pasó el día por Pozuelo de Alarcón. Con él iba, sin duda, nuestro futuro rey, D. Alfonso XII. Descubrieron cómo atravesar el río Manzanares a través del recién estrenado Puente de los Franceses. Todo un placer de viaje cruzando la Casa de Campo entre ciervos y jabalíes.

Y Lorenzo, el buen galán, no perdonaba un día libre, cogía el tren y se plantaba en Pozuelo, paseaba durante el día y luego, antes de volver, se iba a la cantina, había una chica allí.

Y con estas y otras visitas de tan alto nivel. Pozuelo de Alarcón fue creciendo y creciendo. Y se convirtió en lugar de veraneo de la burguesía, Conde de Campomanes o el General Castaños, por citar.

Algunos llegaron para quedarse, otros para pasar temporadas o disfrutar del verano, como nuestro ilustre poeta Gerardo Diego, integrante de la llamada generación del 27 y que con sus seis hijos pasó los verano en la Colonia Santa María, en la frontera de Aravaca. Tanto disfrutó del lugar, que no se fue nunca, y hoy sus restos descansan en el cementerio de Pozuelo.

Y llegó la guerra civil y acabó con la estación, con Pozuelo de Alarcón y con el país entero.

Pero Pozuelo lo superó, supo levantarse y la línea férrea volvió a ponerse en funcionamiento.

Y de nuevo Lorenzo, nuestro galán, volvió a coger el tren, a plantarse en el pueblo y a visitar la cantina, antes de volver y comprobar, con sosiego, que allí seguía, atendiendo en la barra, esa joven de ojos brillantes y pecas, la hija del cantinero.

La línea ya funcionaba con regularidad, como pudo comprobar el cuñadísimo de Franco, Ramón Serrano Suñer, en sus negociaciones con Ribbentrop, ministro de Hitler.

Llegaba a Hendaya con precisa puntualidad.

Con el pasar de los años, Pozuelo se convirtió en una urbe cómoda y hospitalaria, y a nuestro amigo Lorenzo, según el reglamento, le llamaron para dejar el regimiento, misiones y guardias. Entregó la chaqueta roja de botones dorados, los pantalones de rayas finas y las botas altas, ya se podía afeitar bigote y perilla y entregar la alabarda.

Se fue a su casa, cargó dos maletas de enseres y mudas, cogió el primer tren del Norte y llegó a la cantina de la estación de Pozuelo. Esta vez no hubo paseo.

Allí estaba Conchi, la cantinera, sólo se miraron, no hizo falta más, él dejó las maletas, ella salió de la barra y se quitó el delantal, y en una mesa, sin decir palabra, compartieron «agua, azucarillos y aguardiente».

Estas cosas que tienen nuestro Madrid, en Pozuelo de Alarcón un alabardero. Y así fue.

«La culpa fue del cha ca cha del tren»

Texto: Federico Serrano
Montaje de vídeo/Apertura: Luis Muñoz
«Grupo Escritores Escondidos»