Los vocablos empleados en la creación de este relato han sido aportados por escritores escondidos, vecinos y amigos a través de las redes sociales de Margarán y La Voz de Pozuelo. Es la primera vez que experimentamos con la literatura.
¡Nos gusta jugar con las palabras!
Me encontraba pensando en lo efímero de mi existencia cuando decidí asomarme al umbral de mi vida al ver la luminosidad que se desprendía del exterior, que no era más que el arrebol de aquella magnífica tarde, bañada en ese otoño que sumía mi corazón en un estado de sinvivir parecido al éxtasis de Santa Teresa.
Mi mente atormentada se acercaba a la sempiterna emoción que sacudía mis entrañas cuando de hablar de lo eterno se trataba, cuando mi lucha interna trataba de establecer unos criterios que establecieran algún orden por el cual mis pensamientos llevaran a buen término aquella etérea desazón.
No se trataba de interferir en el devenir de los demás, como cualquier vulgar trotaconventos, sino, muy al contrario, de facilitar la estancia de la manera más digna posible.
Mi perseverancia como escritor de fábulas no hacía presagiar nada bueno, siempre había creído que mi capacidad de escribir sobre lo mundano relegaría mi dignidad a un estado heterodoxo en el que valores como la amistad, la paciencia y la caridad, tal y como las entendíamos, dejarían de ser necesarias, pero nunca me encontraba tan cerca de que el amor pudiera estar en peligro por el mero hecho de ser, de estar, de contribuir a una situación en la que todo se ponía en entredicho.
Y, acongojado por todo lo que me rodeaba en aquel minúsculo espacio, que reflejaba lo limitado de mi vida libre y la posibilidad de la contemplación del cielo azul, si continuaba mi búsqueda de lo excelso, decidí que aquel petricor que me llegaba del exterior sería una excelente compañía para un futuro cercano de inconsistencias y necedades de los que, no nos olvidemos, está lleno el devenir diario.
Y cuando empezaba a pasear por aquel limbo indescriptible que me invitaba a dialogar conmigo mismo, con aquel que fui, pero que no llegué a ser, cuando comprendí que sólo podía ayudar al que estaba dentro de mi misma piel, fui consciente de que la eternidad se encontraba en la lealtad y en la gratitud, pero también en lo que transciende de madres a hijos, fui capaz de perseverar en mi actitud y averiguar que la vida es el espacio que transcurre entre tu alumbramiento y el momento en el que llegas a ser capaz de transmitir a tus nietos los valores que te inspiraron.
Así, todo fluye en una lemniscata, un infinito de posibilidades en donde la resiliencia se hace cada vez más patente y en donde todos contamos con una fuerza interior que nos nace desde nuestras vísceras.
Finalmente adquieres el compromiso de la plenitud, tras comprobar que la vida no es un arriate con flores, no es un parterre a cuya decoración dedicarle todos tus esfuerzos mundanos.
Finalmente haces exégesis de la vida y la interpretas con discernimiento, como un agradable paso por este paréntesis lleno de alifafes, de achaques continuos y actúas de cortavientos ante esa vela que empieza a titilar pero que, al mismo tiempo es usada para alumbrar tu futuro.
Todo ese empeño se vuelca realidad cuando quieres ser eterna, como tu abuela con aquella sensibilidad cuando llegabas a su casa, encendía la lumbre y te hacía croquetas, porque sabía que te encantaban.


