Ese lugar servía perfectamente para solventar aquella afrenta que los padrinos estaban negociando.

Los dos representantes se afanaban en aplicar la caballerosidad que debía imperar en todas y cada una de las cuestiones relativas a los duelos los cuales, aunque estaban prohibidos por el Rey, no dejaban de ser la única forma que la nobleza tenía para resarcirse cuando su honra se encontraba en entredicho.

Los segundos, padrinos de contrastada solvencia y relación con sus propios representados, los contendientes, ya tenían prácticamente acordados todos y cada uno de los extremos que, de no mediar plática correctora, tendrían que tomarse en consideración en el duelo que había sido solicitado por uno de los adversarios.

Dos días antes, el Marqués de Pozuelo, hombre de exquisitos gustos y vida disoluta, había sido retado por el Conde Duque de Aravaca, hombre serio y triste, de vida ordenada y rutinas cristianas, mediante el empleo de uno de sus guantes.

Según el ofendido, que no tiró el guante al suelo para que lo recogiera el Marqués, sino que utilizó la fórmula más humillante, dándole un verdadero guantazo en el rostro, le achacaba a éste que hubiera intentado flirtear con su esposa, mujer bastante más joven, prácticamente de la edad del Marques de Pozuelo, pero encerrada en una cárcel dorada de la que, según el Conde Duque, pretendía liberarla el noble disoluto.

Para el padrino del Conde Duque, que había recibido instrucciones al respecto, la afrenta no sería limpiada mediante primera sangre, eso no entraba en sus cálculos, el duelo persistiría mientras uno de los dos no cayera gravemente herido o muerto, de tal forma que habría que procurar varios ayudantes para, si fallaban algún tiro, pues el duelo se llevaría a cabo mediante arma de fuego, recargar las pistolas para seguir disparando.

De esta forma, ambos duelistas dispararían una primera vez, comprobando los padrinos el resultado de dichos disparos y, si no satisfacía al ofendido, seguir disparando a la orden de fuego hasta que el resultado fuera lo suficientemente sangriento como para dar por concluido el enfrentamiento, limpiada la ofensa y resuelto el conflicto.

Así, al amanecer, pues se debía guardar el oportuno decoro y el debido secreto a ojos de los demás, se encontraba el Marqués de Pozuelo y el Conde Duque de Aravaca en un camino de tierra del Parque Arroyo de las Cárcavas, ahora llamado Miguel Ángel Blanco, pegado a la vereda del agua, junto al islote de un famoso árbol traído de tierras lejanas, a quince metros de distancia uno del otro, con las pistolas empuñadas y esperando la orden de fuego.

El frío no era obstáculo, ambos tiradores eran hombres de acción, habían luchado por su Rey y ambos tenían el pulso adecuado como para que no les afectara el castañeteo de dientes de los padrinos que, con sus abrigos cerrados, abogaban por mantener la seriedad del momento a pesar de la frialdad, que los convertía en una suerte de muñecos tiritando en mitad del camino.

Una última pregunta surgió del padrino del Marqués; “Señor Conde Duque, mi representado ha pedido perdón mediante la correspondiente epístola y, aunque sus quejas son infundadas pues no ha habido nunca mala intención en los agasajos del Marqués a su esposa, está dispuesto a resarcirle a Ud. con la cantidad que considere oportuna ¿no cree que eso limpia suficientemente la afrenta reclamada?”

“De ninguna manera”, contestó el noble ofendido, “sus perversas intenciones para con mi esposa no se lavarán sino con abundante sangre, tengan a bien apartarse de la trayectoria de los disparos y den ya la orden de apretar el gatillo, así acabemos de una vez”.

Tras el último intento, que todo padrino está obligado a llevar a cabo para intentar salvar la vida de su defendido, asintieron ambos con la cabeza para afirmar que nada podría parar ya aquel duelo que se presumía de graves consecuencias.

Dos estruendos sonaron al amanecer tras la voz de ¡FUEGO! emitida por la garganta del juez encargado de verificar que, aunque ilegales, se seguían las normas de los duelos.

Dos sonoros truenos que retumbaron en aquel parque haciendo que los pájaros abandonaran apresuradamente su acomodo nocturno, dos estallidos que se pudieron escuchar en todo Pozuelo y cuyo sonido se transmitió por todas las calles y plazas llegando a los oídos de toda la sociedad de la época, que sabía del duelo y que temía el desenlace del mismo.

Y como era de esperar, la sangre brotó en abundancia.