Los miembros de la Junta Directiva de Cines Zoco Majadahonda, una asociación sin ánimo de lucro cuyo objetivo es salvar y consolidar un tipo de oferta cultural en peligro de extinción, recibían hace unos días en sus salas a Alejandro Amenábar. El director y guionista hispano-chileno acudía a presentar «El Cautivo» y a intercambiar impresiones con los espectadores. Su brillante y personalísima visión sobre el cautiverio de Miguel de Cervantes en Argel ha superado el medio millón de espectadores, convirtiéndose en la segunda película española más taquillera del año. Quienes la hemos visto dos veces estamos convencidos de que la cifra seguirá subiendo y deseando un tercer visionado. Uno de ellos es Germán Garabatos. El nuevo fichaje de La Voz de Pozuelo ha caído en las redes del genio tras descubrirle, no hace tanto, en Tesis (1996). Cuando se estrenó su ópera prima de largo metraje no había nacido. Criaturita. Sin embargo, la que esto escribe, como introducción a su reseña sobre el prisionero «Shaibedraa», tuvo la suerte de ver a Alejandro rodando planos de la ganadora de ocho Premios Goya en la biblioteca -con original escalera de caracol- de la facultad de Ciencias de la Información. Los dos teníamos veintitrés años.
Alejandro Amenábar regresa a la gran pantalla con El cautivo, una obra que nos traslada al Argel del siglo XVI para descubrir una etapa apenas conocida de Miguel de Cervantes. Entre la historia y la emoción, el director propone una mirada íntima sobre la libertad, el deseo y la identidad de un hombre que aún no sabía que estaba destinado a escribir El Quijote.
Después del tono político de Mientras dure la guerra, Amenábar continúa explorando la historia española desde una perspectiva más personal. Esta vez, abandona los campos de batalla para sumergirse en el cautiverio del joven Cervantes, preso durante cinco años en Argel. Una vivencia que moldeó su visión del mundo y que el director convierte en una reflexión sobre lo que realmente significa ser libre.
Visualmente, El cautivo deslumbra. La ambientación es meticulosa, con un trabajo de arte y fotografía que logra que cada plano respire calor, arena y silencio. El Argel que recrea Amenábar no es solo un escenario histórico: es un espacio simbólico, un imaginario sobre el universo del hidalgo de la Mancha, donde los personajes se enfrentan a sus miedos, a sus creencias y a su propio reflejo. Hay una belleza contenida en la forma en que la cámara observa: sin prisa, sin exceso, dejando que las pausas narrativas también hablen.
La música, compuesta -o arreglada- por el propio Amenábar, acompaña el tono íntimo de la película. Con delicadeza. Sus notas, precisas acompañan la soledad sin dramatizarla. Es una banda sonora que se funde con la fotografía, reforzando esa sensación de introspección y tiempo suspendido.
El actor que encarna a Cervantes, Julio Peña, aporta sensibilidad y determinación a partes iguales, mientras que el resto del reparto sostiene el tono sobrio que busca el director. En el guion se encuentra la autenticidad de la película. Amenábar construye una historia -con tintes autobiográficos- que combina belleza y determinación, en la que cada diálogo parece tener un doble fondo. El discurso sobre la libertad, incluida la sexual, no se impone: fluye con naturalidad y revela a un Cervantes complejo, contradictorio y muy humano.
Más allá del rigor, el largometraje habla de algo más grande: de cómo seguimos buscando un sentido a la existencia incluso en medio del encierro. Amenábar convierte la vida de Cervantes en un espejo contemporáneo, en una invitación a pensar en las formas de cautiverio que todavía nos rodean. Y se confirma como un cineasta que prefiere las preguntas a las certezas.
Lejos de ofrecer una lección de historia, El cautivo se convierte en un espejo sobre la libertad y la identidad. Puede que todavía no sea su gran obra -quizás lo mejor está por llegar- pero sí la más honesta. En el fondo, Amenábar no busca rescatar al Cervantes del pasado, sino recordarnos que todos seguimos siendo, de algún modo, prisioneros de nosotros mismos.
Germán Garabatos García
Foto apertura: Asunción Mateos
Resto imágenes: Cines Zoco Majadahonda
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El día que conocí a Alejandro
A comienzos de los noventa, siendo estudiante de periodismo en la facultad de Ciencias de la Información, conocí a unos compañeros de Imagen y Sonido. Querían hacer prácticas, grabando reportajes con sus Betacam, pero necesitaban entrevistadoras/plumillas. Mi amiga Irune (ahora la mujer pulpo) y yo asumimos el reto y fuimos, micrófono en mano, hasta Boadilla del Monte. A un poblado que ahora se conoce como Sector B. También al despacho de la Alcaldesa, Nieves Fernández, con dos más pequeños; de corbata. Fue cuando descubrí la diferencia entre racismo y clasismo.
Durante un tiempo trabajamos con los aspirantes a reportero en algún otro proyecto periodístico, de poca monta, típico de veinteañeros. Hablábamos mucho de televisión. También de cine. Una tarde, uno de ellos, me propuso acompañarle a una pequeña sala de Chamberí para asistir al estreno de un cortometraje con el extraño titulo de Himenóptero. Me dijo que lo había escrito, dirigido y protagonizado un compañero de clase ¡Qué tío pensé!
Tras la proyección -que recuerdo como angustiosa- me dijo que le acompañara a conocerle. Era un chico moreno con un pañuelo rojo, estampado de cachemira, al cuello. Me pareció tímido. Y eso que yo por entonces no era precisamente el alter ego de la rana Gustavo. Me dio dos besos y se marchó rápidamente a saludar a otros espectadores.
Cuando se alejó lo suficiente mi acompañante me dijo: «acuérdate de este nombre porque algún día será famoso». Era Alejandro Amenábar. Tenía que haberle pedido los resultados de la Quiniela. En aquella época el ganador se llevaba un buen pico.
Han pasado más de treinta años. Acabo de volver de la Mancha.

Alcázar de San Juan. Octubre 2025.

