Carlos Sánchez de Roda, ingeniero de caminos, canales, puertos… y belenes fue la primera persona que me habló de los dioramas con espejos, en una gélida mañana de diciembre de hace más de veinte años. Con gran maestría y conocimiento de causa me fue describiendo un mundo para mí desconocido y difícil de comprender. Acompañaba su relato con una serie de fotografías que combinaban ciencia y magia; arte y paciencia; humildad y sabiduría a grandes dosis, mientras desarrollaba una empatía y naturalidad en la conversación que facilitaban un monólogo en el que yo, absoluto lego en la materia, había renunciado a implicarme, balbuceando tan solo algún «¡ah sí!»; «no me diga»; «parece mentira», ya  que, aunque mi actitud estuviera en buena disposición de colaborar, mi aptitud era francamente insuficiente para inmiscuirme en tamaño galimatías.

Pasaron los meses y me volví a encontrar con el «hacedor de milagros» en el Espacio Mira, donde una parafernalia de útiles, enseres y figuras se almacenaban profusamente sobre el escenario de una gran sala, llamada a formar parte del Belén municipal. Él, ya había colocado su «cajita mágica» y me dijo, mira a través del orificio central…me acerqué y ante mis ojos apareció un precioso Belén, con la Sagrada Familia en el centro de la imagen, mientras niños; artesanos; pastores y ganado, subían y bajaban por cuestas empinadas o calles adyacentes que zigzagueaban hasta llegar a la ribera de un riachuelo provisto de un molino de agua cristalina, que giraba y giraba haciendo funcionar las muelas.

Aparté la vista del orificio de la caja y miré a mi alrededor. Y ¡Oh sorpresa Mi Belén había desaparecido! pero nadie parecía haberlo advertido. Algunos belenistas se aprestaban a sacar de sus embalajes las figuritas para el Gran Nacimiento que estaban a punto de empezar a armar. Había bullicio, risas y alegría mientras yo permanecía allí como un pasmarote sin atreverme a preguntar quién se había llevado el Nacimiento que yo acababa de contemplar, pero el caso es que tan solo quedaba una caja de tamaño mediano donde estaba incrustado esa especie de ojo de cerradura por el que yo no me atrevía a volver a mirar.

La mirada irónica y amable de Carlos se cruzó con la mía una vez más y me dijo: recuerda. no es magia, son amor, espejos y algo más…

El Belén de Caná

Estos días he vuelto a disfrutar de un diorama con espejos, cuyo hacedor no es otro que el gran Maestro de esta técnica, y miembro ilustre de la Asociación de Belenistas de Pozuelo de Alarcón, el señor Sánchez de Roda que, con su proverbial afabilidad, me ha aclarado los intríngulis, recovecos y cambios de otro Belén- éste ya sin cajita- espléndida obra que todos ustedes podrán contemplar en la Parroquia de Nuestra Señora de Caná en Pozuelo de Alarcón.

Además… como Dios es muy grande, a continuación de esta introducción, Carlos va a exponer la realidad y circunstancias de este mundo no-mágico de los dioramas con espejos. Un hermoso regalo de Navidad.

Paz y bien.

Belenistas de Pozuelo

Lejanías virtuales en Caná
Por Carlos Sánchez de Roda

Los belenistas siempre tratamos de incorporar a nuestros mejores belenes un ambiente especial, misterioso, mágico, casi milagroso. Y eso lo hacemos de una forma natural, sin pensar expresamente en ello. Nos sale del alma, de forma automática, cuando nos ponemos a representar esa extraordinaria escena, ocurrida hace más de 2.000 años, que con toda seguridad contenía en grado superlativo ese ambiente misterioso y mágico. Y eso es lo que inconscientemente, ilusos de nosotros, tratamos de reproducir a sabiendas de que, por mucho que nos esforcemos, no lograremos nunca realizarlo completamente. Se trata nada menos que de representar el nacimiento del Niño Jesús, Dios hecho hombre, en una modesta cueva de la ciudad de Belén y de recrear el inigualable ambiente que sin duda allí se vivía.

Con esa íntima intención tratamos de incorporar a la frialdad que supondría una simple maqueta lo que podríamos denominar el alma del belén. Y lo hacemos introduciendo unos elementos que se hacen indispensables: esas iluminaciones tan especiales de ambientes, rincones e interiores; esos fuegos que tratamos de acercar lo más posible a la realidad; esa agua que tantos problemas nos da, pero que tanta vida aporta con sus cascadas, norias, lavanderas y pescadores; esos cielos increíbles, con estrellas, la Luna, hermosos amaneceres; esas edificaciones tan especiales; esas lúgubres grutas; esos infantiles mercadillos en los que se vende hasta chorizos y jamones ¡a los judíos!; esos abruptos paisajes con insostenibles voladizos de corcho, con peligrosos senderos montañosos por los que no nos atreveríamos a caminar …

A todo ello se une un nuevo elemento, cada vez más usado, que aporta otro especial misterio a nuestros belenes. Se trata de los espejos. Con ellos creamos un increíble ambiente, pues aparecen milagrosamente en el belén unas inexplicables e imposibles lejanías, totalmente incompatibles con las dimensiones reales de nuestro belén. Es como si éste se estirara milagrosamente llegando a otros lugares, a ese lejano pueblo situado fuera del belén al que se llega atravesando las paredes de la casa, a ese castillo de Herodes y a los Reyes Magos que vemos en un lejano horizonte, a esas interminables calles que continúan su larguísimo recorrido fuera de los límites del belén.

Todos esos efectos se consiguen escondiendo espejos, ocultándolos, que no se vea el sitio concreto en el que están, pero con algunos de ellos misteriosamente visibles, aunque ilocalizables, que reflejan la visual que sale de nuestros ojos conduciéndola a otros espejos ocultos, y de éstos a otros y a otros, y así sucesivamente, hasta conseguir esas lejanías imposibles. De esta forma, elementos ocultos que no se pueden ver directamente aparecen misteriosamente en la lejanía, elementos que pueden estar realmente situados debajo del belén, u ocultos en el interior de montañas de corcho; pueden estar boca abajo, o en horizontal, y verlos todos en su posición natural y sin solución de continuidad en el camino que nos lleva hasta ellos.

Y si en vez de espejos utilizamos cristales transparentes, podemos conseguir que las apariciones de los ángeles en las anunciaciones se conviertan en irreales, etéreas, inmateriales, haciendo que se vean reflejadas en esos cristales y dotándolas de la iluminación adecuada para conseguir ese efecto.

La magia y el misterio aportados por los espejos se puede aplicar a belenes de cualquier tamaño, aunque en el caso concreto de los denominados «dioramas» los espejos se convierten en una excelente herramienta para ampliar de forma virtual el escaso espacio en ellos disponible. Los dioramas son escenas de la Natividad representadas en cajas cerradas de diversas medidas, aunque las más corrientes miden alrededor de 70 x 70 cm el planta y 50 cm de altura. Esas cajas tienen abierto uno de sus laterales, por el que se ve la escena representada. Con ayuda de espejos utilizados de la forma antes descrita, ese reducido espacio puede ampliarse con sorprendentes efectos de lejanías virtuales que parecen rebasar ampliamente las dimensiones del propio diorama. Los dioramas se convierten así en algo también misterioso, milagroso, que atrae aún más las miradas sorprendidas de quienes los contemplan.

En el belén de Santa María de Caná está aplicada con profusión la técnica de las reflexiones múltiples en espejos y, dado su planteamiento general, puede ser considerado como un diorama de grandes dimensiones. En el gran pueblo que se ve en la derecha del belén hay tres calles que sorprenden por su inacabable desarrollo. Esas tres lejanías están logradas de forma similar. Cada una de ellas está formada por un recinto cerrado en cuyo perímetro se encuentran cuatro espejos verticales en los que se refleja sucesivamente la visual yendo de uno a otro hasta pasar por los cuatro y terminar en una lejana puerta. La suma de todos esos recorridos de espejo a espejo da la distancia virtual a la que vemos esa puerta.

Se ha empleado en este belén otro sistema de lejanías aún más espectacular que el de las calles interminables que acabamos de ver. En el fondo del belén, a derecha e izquierda, aparecen sendas grandes lejanías que terminan en un cielo azul. Mientras que los espejos anteriores estaban en posición vertical, en este caso están inclinados, de manera que en ellos se refleja lo que está por debajo del belén, llegando la visual a un segundo espejo situado en el suelo de la iglesia, en el que se refleja y se dirige a la pared del fondo, en la que están el castillo de Herodes, un pequeño pueblo y el cielo azul.