Por la época en la que nuestra historia se desarrolla existían, en lo que hoy conocemos como Camino de las Huertas, unos bosques inmensos donde la nobleza exhibía sus buenas artes para la caza y era invitado el Rey por los señores de Pozuelo, fieles aliados de éste en sus escaramuzas ante los moros y defensores del monarca cuando la corona estuvo a punto de cambiar de familia por las luchas sucesorias no establecidas de buen acuerdo.

Esos bosques estaban poblados de ciervos, jabalíes, tejones, conejos, zorros…, es decir, que hacía las delicias de cuanto cazador fuera invitado a mostrar sus virtudes, pues era necesaria la invitación del señor de Pozuelo.

Dominaba aquella extensión un torreón que, como pabellón de caza, servía al señor de aquellas tierras para agasajar a sus invitados así como, en alguna ocasión, para limar asperezas con algún otro noble al que, por alguna razón que se escapaba, o que había sido exprofeso, se le había ofendido.

Pero por lo que de verdad era famoso el torreón, la razón por la que todos, nobles y villanos, reyes y pueblo llano, conocían aquella pequeña construcción en medio del bosque, desde la que todo Pozuelo se divisaba, era por haber sido el lugar de varios fallecimientos de señores, nobles y acaudalados, que habían manifestado ideas contrarias a la corona o a los intereses del señor feudal que dominaba aquellas tierras con mano de hierro.

Nadie quería decirlo, nadie tenía pruebas pero tampoco dudas, de que el pabellón de caza había sido utilizado para dar matarile a varios de los enemigos de la corte y su fiel aliado, el Gran Duque de Pozuelo, Bularas y las Cábilas por obra y gracia del veneno.

Así había ocurrido cuando el Marqués de los Horcajo reclamó ante el rey unos terrenos que lindaban con los del Gran Duque, y que este último se había apropiado para, en una demostración de fuerza, instalar en dichos terrenos el campamento de mercenarios que le ayudaban en su guerrear.

El Gran Duque, decidido a zanjar, de una vez por todas, aquella cuestión, engañó al Marqués para que acudiera al Torreón en donde le prometió el de Pozuelo que solucionarían aquella disputa que tanto le acongojaba al ofendido.

Allí, delante de un documento en el que el Marqués pretendía firmar el pacto de la devolución de sus terrenos, se selló mediante sendas copas, la del Gran Duque con excelente vino, la del Marqués con excelente veneno, aquella ocupación ilegal.

El mismo fin, y en el mismo pabellón, tuvo el Conde de Aravaca y Zarzuela, que pretendió hacerse un hueco en las cercanías del Rey, actuando como consejero y valedor al que el de Pozuelo invitó a una cena de homenaje a la que sólo acudieron el anfitrión y el homenajeado, y en la que fue envenenado con cicuta, mientras en Gran Duque saboreaba las excelencias de su copa, rellena con caldos de la Rioja.

De esta forma recuperó el de Pozuelo su lugar en la Corte y en la cercanía del soberano, que nunca dejó de creer en la buena mano que tenía éste para ejercer la enemistad política.

El último en sufrir las excelencias del pabellón de caza fue el Vizconde de Boadilla y las Lomas quien, cansado de que el Gran Duque agasajara a su esposa con aviesas intenciones, acudió al Torreón a exigirle una satisfacción por sus afrentas o, en su caso, batirse en duelo.

Lejos de caer presa del nerviosismo el Duque, que guardaba una buena provisión de vino del bueno y veneno del mejor, sabedor de que “la ocasión la pintan calva”, pidió perdón al ofendido Vizconde a la vez que invitó a sellar con una copa, ya sabemos de qué, su más sentido arrepentimiento.

Los corrillos de la Corte se hicieron eco de las muertes, en extrañas circunstancias, de aquellos nobles enemigos del Gran Duque, los bufones cantaban los crímenes del de Pozuelo y hasta al Rey le llegó la información, no contrastada aunque seguramente veraz, de que su fiel aliado y amigo zanjaba sus problemas a base de copazos de cicuta.

De esta forma, el Rey, que además de Rey era listo y tenía miedo de acabar como los nobles fallecidos si en algún momento se atrevía a contrariar al Duque, emitió una Orden Real, una ley de obligado cumplimiento para todos sus súbditos, sean estos nobles o villanos, religiosos o seglares, hombres o mujeres.

Según esta orden, todos los que fueran a sellar mediante una copa de vino cualquier acuerdo deberían depositar en la copa del resto parte de su contenido y, asimismo, debería recibir en su copa parte del contenido de los demás, quedando equilibrado el caldo y portando todas las copas el mismo tipo de líquido.

Y así nació el brindis, con el tintineo que las copas hacían al vaciar parte de su contenido en la copa del otro mediante un sonido que, aún hoy, chin chin, realizamos como demostración de que ninguna intención oculta tenemos a la hora de compartir nuestro vino.