Una vida trabajando, que es lo que hace todo el día. Más de 150 premios, Luis Gayá es un pintor meticuloso, con una mirada inteligente, del que no ha perdido la capacidad de asombro de la infancia. Becas de la Academia de España en Roma y Fortuny en Venecia. Su obra figura en colecciones como Mapfre, Argentaria, duque de Alba, El Corte Inglés, Telefónica, AENA o la Biblioteca Nacional.
Conocí en verdad a Luis Javier Gayá Soler cuando fui a ver su estudio, y quedé fascinado con su casa museo. A él quizá le parezca excesivo, pero no lo es. Me sorprendió. Su obra se disfrutaba en cada espacio, aquel laberinto era entrar en otro tiempo. Muebles, objetos, trampantojos, espejos que cambian la perspectiva… Un espíritu ecléctico fin de siglo, del XIX, del XVIII, ese valorar el pasado, lo antiguo.
Y la huella de Roma por todas partes, pintada, dibujada. Ciudad fundamental en su vida, urbe elegida para tantas estancias, enamorado el artista de ella. La ciudad de las ruinas y también revivida en sus dibujos y cuadros.
La Beca de Roma, fue fundamental en su trayectoria. Y allí volvía año tras año, admirando y conociendo la ciudad que ha dejado una huella profunda en su obra.
En el estudio, lleno de misceláneas maravillosas, se afanaba en su última obra, un edificio contemporáneo en proceso de derrumbe o de construcción. La obra que mostró en su última exposición madrileña, «Lenguajes en construcción».
Le gustaba, le sorprendía, que el edificio donde se encuentra la galería estuviese lleno de andamios, creando un paralelismo con sus cuadros.
Comenzó a pintar de niño, en casa de su abuelo, Manuel Soler de Agustín, en los veranos pozueleros. Arquitecto, construyó varios hoteles en el municipio, la mayoría desaparecidos. Él le regaló su primera cajita de pinturas.
Y desde entonces puede decirse que no ha parado, y es de los que pasa todo el día trabajando.
Desde la facultad ya comenzó a vivir de la pintura.
Tiene dos hijos, Mateo y Javier.
Su familia lleva generaciones veraneando en Pozuelo, y muchas de sus calles llevan sus nombres: Severo María Agustín, Eustaquio Soler, Almansa… Pero eso es otra historia.
Como siempre hubo afición a la fotografía -en tiempos que no era tan común-, gracias a ello conserva un importante archivo, una verdadera joya, de aquel municipio que fue tierra de lombardas y veraneantes y hoy ya solo existe en aquellas imágenes.
Fue decisivo en su trayectoria el galerista Sam Benady, gran comerciante, que puso en valor la obra de Ismael de la Serna. Con él conoció a su viuda, Suzzanne Putois, en París, y guarda una curiosa anécdota de su encuentro.
Lleno de curiosidades, hila historia tras historia, y es un placer escucharle. El diría que se enrolla como las persianas.
Luis Gaya y Antonio López
Con Ginés Liébana
Recogiendo un premio de manos de la Reina Doña Sofía


