PREGUNTA A LA SRA. FRANCIS
Estimada Señora Francis, espero que a la presente se encuentre bien, le escribo para que me aconseje sobre una situación que me tiene preocupada, no por mí, sino por mi hermana, persona de vida ejemplar, cristiana y modélica, que me preocupa por sus últimos cambios.
Paso a relatarle la situación; recientemente fuimos a la feria de Pozuelo, nuestro pueblo, ya hace más de diez años de la muerte de nuestro padre, y me pareció que no nos haría mal pasar un rato en las fiestas, montar en alguna atracción y tomarnos un chocolate para después volver a nuestra casa.
En contra de mi voluntad mi hermana, alma cándida y de dulzor cristiano, decidió montar en la noria y, como yo no quise subirme en aquel instrumento del demonio, lo hizo acompañada de un joven de buena familia, que conocemos desde siempre, que a veces nos acompaña cuando bajamos a la plaza del Padre Vallet.
Quiso Dios que el motor de la Noria se descontrolara y empezó a moverse a una vertiginosa velocidad de tal forma que hubieron de agarrarse el uno al otro para no caer en función a la fuerza centrífuga. Eso me contaron los pobres cuando bajaron de la atracción, sudorosos, aterrados, pero con un brillo en la mirada que achaqué a la dramática experiencia vivida.
Desde entonces mi hermana quiere velocidad en su vida, busca las fiestas de los pueblos en donde la noria, en su momento defectuosa, pone a disposición de los lugareños sus servicios y, para mi consternación, invita continuamente al joven a acompañarnos e, incluso, las veces que, a pesar de mis reticencias iniciales, he aceptado subirme a tan extraña atracción, me ha negado la entrada, en base a no se qué supuesta consecuencia siniestra que me vendría más mal que bien.
Querida Francis, confío plenamente en su criterio y espero su consejo para poder solucionar la congoja que me suma en una insana situación, por lo que a la atormentada mente de mi querida hermana se refiere.
CONTESTACIÓN DE LA SR. FRANCIS
Estimada oyente, por lo que se ve, la atracción por el vértigo ha hecho de su hermana una persona proclive a la velocidad y el exceso de adrenalina, no es malo si se tiene controlado pero debe Ud. vigilar ciertos aspectos como son:
.- Si su hermana baja de la noria con los ojos vueltos o con la mirada perdida.
.- Si su hermana baja de la noria colocándose la ropa y/o, subiéndose la ropa interior (perdone lo incómodo de la pregunta).
.- Si el acompañante de su hermana, ese joven de tan buena y cristiana familia, baja de la noria azorado, con la cara colorada y, asimismo, poniéndose bien el pantalón o, en su caso, subiéndose la bragueta.
.- Si su hermana está como ausente durante un buen rato, con cara de tonta, a pesar de no haber motivo para estar tan agilipollada (perdón por la brusquedad de la frase).
Si todas esas cosas suceden no se preocupe (o sí), su hermana está teniendo lo que se llama el Síndrome de «la jodienda no tiene enmienda», algo que, si afecta pasados los treinta años, como parece el caso, sin haberlo probado con anterioridad, desarrolla una sintomatología muy parecida a las crisis existenciales que tienen los adolescentes cuando conocen a la pareja de su vida, algo que, en su caso, ocurre varias veces por año pero que, en el caso que nos ocupa, puede desarrollar una dependencia de la jodienda que explica las decisiones de prohibir su acompañamiento en tan difícil trance (para Ud.), que sería el estar presente en la cabina de la noria cuando la pasión (por la velocidad) aprieta.
Mi consejo es que deje estar a su hermana, y a su acompañante, en cuantas norias les apetezca subir, que el deporte nunca está de más, y le aconsejo que se busque Ud. un acompañante parecido para subir alguna vez a la noria que tan buenos resultados le está reportando a su hermana, quizá no el mismo acompañante, pero sí uno parecido, que le aporte un poco de pasión por la velocidad y por la cercanía del sexo contrario.
CONTESTACIÓN POSTERIOR DE LA OYENTE
Estimada Sra. Francis, seguí su atento consejo y subí a la noria en compañía de un amigo que me pretendía desde tiempos en los que las miradas no hacían presagiar nada bueno y he de decir que yo estaba completamente equivocada.
No entiendo cómo he sido capaz de pasar toda mi vida sin una noria, sin sentir la vorágine de la velocidad en mi cuerpo (en mi entrepierna para ser más exactos, y permítame la vulgaridad).
Desde que mi hermana y yo hemos probado, pasada cierta edad, las excelencias de la «velocidad», no pasa un fin de semana sin que nos montemos en alguna noria de las que acuden a los pueblos de alrededor, cada día somos más aficionadas al vértigo.
Para terminar decirle que la próxima semana vamos a probar algo nuevo que dicen que depara mejores sensaciones, lo llaman «la montaña rusa» aunque no sé si la comodidad de una cabina tipo mesa camilla, para todo tipo de movimientos y situaciones, pueda ser mejorado.
Atentamente suya.



