Todas las tardes acudían a tomar un refrigerio al quiosco que había en el olmedo situado junto al arroyo, aquel que alimentaba la fuente de la Poza. Ese quiosco de Bautista era parada obligada para todo aquel que caminara, como aquellos tres jóvenes, por las huertas y campos de lo que hoy es el Parque de la Fuente de la Salud.
Allí se reunían aquellos tres, venidos cada uno de un lugar distinto, pero que coincidieron en duros años en los que Pozuelo era un hervidero e iniciaba lo que, con los años, llegaría a ser.
Una de las tardes en las que Paco, Luis y Ciri, catalán, madrileño y toledano, pretendían dedicarse a la buena tertulia y la amigable discusión, fueron testigos de un luctuoso suceso que desestabilizó por completo la buena armonía que reinaba hasta entonces entre los habitantes de Pozuelo.
Dos hombres pretendían a una misma mujer, uno afincado en Pozuelo, el otro, residente en Aravaca, la bella joven por la que luchaban ambos, del pueblo cercano de Boadilla.
Era famosa la controversia que existía entre los parroquianos por determinar, según su cualificado criterio, a quién debía decir que sí la joven moza que, además de belleza, era poseedora de una gran fortuna, o lo sería en cuanto su anciano padre pasara a mejor vida, siendo éste viudo y no teniendo más descendencia que la joven Mariana.
Cansados como estaban, sobre todo el de Aravaca, algo más mayor que el pozuelero, al que le apretaban para que formara ya una familia, le dieron ambos, de común acuerdo, un ultimátum a Mariana, prometiendo dar un plazo de una semana durante la cual dejarían de importunarla con sus agasajos y propuestas.
Pero el amor es mal consejero y los dos pretendientes, cada uno por su lado, decidieron, aprovechando la ausencia del otro, acudir al palacio del Infante Don Luis, por aquel entonces propiedad del Duque de Boadilla, donde vivía la dama de sus desdichas, para arrimar un poco el ascua del amor a su sardina, de tal forma que fuera él el elegido.
Eso pensaban ambos llegando primero el de Aravaca y, convenciendo a la dama en disputa, salieron a sentarse en una apartada senda en donde el enamorado pretendía convencerla de las ventajas de su amor.
Pero el de Pozuelo, que los vio en una cercanía que le hacía presagiar que no sería el elegido por Mariana, se encaró con desdén a ambos, llegando hasta tal punto la sensación de afrenta que ambos desenvainaron sus espadas, que al ser de buenas familias portaban con el beneplácito de las autoridades, iniciando un duelo del que salió mal parado el de Pozuelo, herido de muerte, y la joven en liza, que se interpuso para evitar derramamiento de sangre, consiguiendo con su acción que fueran dos, no uno, los muertos en aquella lucha.
El Duque, habiendo sido avisado por sus criados, acudió al lugar al tiempo que sólo pudo ver caer, con la muerte fija en su mirada, a su querida hija. Loco de furia y desenvainando su espada, con la que había acudido en previsión de tener que defender a la joven, hirió fatalmente al de Aravaca, que lloraba de rodillas junto al cuerpo inerte de Mariana, por el mal que había causado.
Ese suceso caló en nuestros tres tertulianos, Paco, Luis y Ciri, que mostraban su condescendencia hacia uno u otro, según la simpatía que le deparara cada uno de los muertos y, sobre todo, que quisieron, dado que parecía que las tardes de tertulia sobre este trágico suceso podrían acabarse pronto, encontrar el parecido con aquel otro crimen de Pozuelo en el que Ramona, la esposa del gran actor, Rafael Calvo, murió a manos de un pretendiente despechado mientras su esposo volvía de Barcelona.
Muchas tardes mantuvieron ocupados estos dos sucesos a aquellos tres personajes coetáneos, que, aunque estaban llamados a dejar su legado, su huella, nada se sabía de ellos por entonces o, al menos, nada hacía presagiar su importancia para la villa años después.
Así, Paco, Francisco de Paula Vallet, Luis, de apellido Béjar, y Ciri, diminutivo de Cirilo Palomo, dejaron su impronta en nuestras calles para regocijo de propios y extraños.



