El próximo invierno cumplirá un siglo. Lo sabe perfectamente pero no le gusta confesarlo. Por coquetería. Desde joven ha sido muy presumida. Quizás como una tabla de salvación. Porque su niñez no fue fácil. Sus padres llegaron a Pozuelo de Alarcón en la segunda década del siglo XX. Desde Prádena del Rincón, un pueblecito de la sierra Norte de Madrid. Animados por un familiar. Con tres hijos. Isabel Jiménez ya nació aquí. Como su hermana pequeña, Goyi. Pero su madre murió en el parto. Ella tenía dos años y solo le ha visto en alguna foto. Su abuela María se hizo cargo de los bebés para que el padre y el resto de la familia pudieran trabajar. Cuenta Isabel que por aquel entonces había poco que llevarse a la boca. Además estalló la guerra civil. Eso lo cambió todo.

Dice que el primer colegio al que fue estaba a las afueras del pueblo y que tenía dos plantas pero no acierta a precisar la situación exacta. Ni falta que le hace. Con casi cien años y pocos minutos de conversación ya estoy alucinada. Durante la charla se queda callada, de repente, y busca en su memoria respuestas a mis preguntas. Las encuentra. Prácticamente todas. “Me metieron interna en un colegio de monjas de Madrid en la Moncloa; por Argüelles. Con mi hermana María. Mi padre apenas ganaba para comer y no podía mantenernos. Lo que yo sé me lo enseñaron ellas”.

Como el soldadito marinero, también quiso ser niña. Pero le pilló la guerra. Sus vecinos fueron evacuados y a ellas les subieron a un tren con destino Barcelona. Para ponerles a salvo, como al resto de las alumnas. Allí se encontraron con otro colegio y otras monjas. Pero la estancia fue breve. A medida que las tropas se acercaban crecía la tensión y las religiosas tomaron la decisión de cruzar con las pequeñas a Francia. Querían separarlas pero la mayor lo impidió. “Lo pasamos muy mal. Me acuerdo de que quería pasar un maestro pero, por lo que fuera, no le dejaron. Luego comprendí los motivos. No se me olvida que estuvimos en Arcis-sur-Aube hasta que acabó la guerra. Imposible olvidarlo”.

Si la memoria de Isabel no falla (estoy convencida de que no) esta localidad francesa está a mil kilómetros de Barcelona. Así es que no puedo imaginar lo que supuso para dos niñas españolas estar lejos de los suyos sabiendo que, al otro lado de la frontera, seguía la contienda. En el jardín de la residencia en la que vive, rodeada de bosque, cerca de un añejo juego de la rana (que le devuelve a La Inseparable) me sigue contando, mientras agarra con cariño mi brazo, que en Arcis-sur-Aube había por lo menos siete termas. “Veíamos un chorro de agua cociendo y nos acercábamos a meter la mano. Poníamos cerca piñas y se nos abrían con el calor”.

Sopas y conejos de campo

Regresaron a Madrid en los años cuarenta y volvieron a Pozuelo de Alarcón. Donde los vecinos se afanaban en levantar un pueblo arrasado. Todo estaba destruido. Había que empezar de cero. Isabel también pero era pequeña, además de menuda, y le costó ganar su primer jornal. Vivió un tiempo con sus tías para, finalmente, arreglárselas sola en un cuarto que su padre le buscó en el callejón Chimeneas. Antes de colocar la pieza principal del escueto mobiliario; un jergón, tuvo que limpiar a fondo y encender una lumbre baja para echar a las inquilinas de cuatro patas. “Siempre que podía venía verme, me traía pan y leche, de alguna oveja o cabra que cuidaba, para hacer sopas. Las comía conmigo de vez en cuando. Nos sabían a gloria. Era tanta la escasez que mi hermana, muchas veces, se quitaba la comida para dármela a mí. Siempre me cuidó como una madre”.

Hasta que Doña Luisa, que tenía posibles y vivía en una casa preciosa; todavía en pie en la calle Fuentecilla. esquina con Ramón Jiménez, le ofreció unos duros por realizar tareas domésticas. Las había aprendido ayudando a vecinas como Amparo o Catalina. Su hermana María tuvo más suerte y se colocó en la farmacia con catorce años.

Isabel también estuvo un tiempo sirviendo en el hotelito de Antonio Becerril situado en la colonia de la Paz. Pero pronto decidió buscar empleo en la capital. Lo encontró y destinó parte de su paga a una sesión de fotos en un estudio. “Me hacía mucha ilusión vestirme de gitana. Alquilé el traje, los collares, las pulseras… y me puse delante de la cámara”.

Poco después conoció a Gaspar de Pedro;  Arín, y se hicieron novios. Les encantaba pasear por la Gran Vía. A los dos años se casaron en la parroquia de la Asunción de Nuestra Señora y celebraron la boda en el patio de la asociación recreativa más antigua del lugar, donde trabajaba como acomodador Curro, hermano del contrayente. El plato principal fue arroz con conejo, preparado con mucho amor por Prudencia y Norberta, tías de Gaspar.

Isabel y Arín vivieron en una callecita que nace de Ramón Jiménez y tuvieron tres hijos. El que también perdió a su madre siendo niño trabajó como curtidor y su esposa se dedicó al cuidado de la casa y los críos. Que, a veces compatibilizó, con la confección de guantes por encargo.

María Esther de Pedro, la mayor, me llevó hasta su madre. Es la mujer amable, alegre y dicharachera que ha hecho posible esta historia. Que continuará el próximo lunes, 16 de marzo, en la sede de la Asociación Cultural La Poza.

ÁLBUM FAMILIAR

Isabel y Gaspar paseando por la Gran Vía. Septiembre 1947

Con los vecinos en el barrio

Días de Fiesta en la plaza del Generalísimo

En La Inseparable, cerca de los músicos. Foto: Gabriel

Curro de Pedro, con el uniforme de acomodador, y Eloísa

Sonriendo a los noventa y nueve