He subido sin paraguas. Me gusta escribir bajo la lluvia. Solo cuando es de emociones. Diez días después de comenzar los festejos del 125 aniversario de la Sociedad Recreativa La Ynseparable es momento de publicar la crónica de lo vivido. En un patio de butacas hasta la bandera. El escenario estaba reservado a los artistas de «Escritores Escondidos» que, por primera vez, representaban ante más de un centenar de personas «Sainete para Siete», una obra escrita por Julio Sáez y Fernando Soria. Desde el principio, tuve la sensación de que el espíritu de los que nos precedieron había cruzado la puerta de hierro. Para sentarse con nosotros. Al olor de los bollitos elaborados en base a la receta publicada por Gemma Casillas. Gracias a Goyi Pérez y Paquita Herranz, memoria viva y privilegiada, viajamos a otro tiempo; a uno de posguerra en el que los vecinos se reunían en un salón con patio y ambigú. Para ver una película de vaqueros o asistir a una representación de teatro. Para comprar boletos de la tómbola de Santiago y conocer a la Señorita Inseparable. Para bailar los domingos en círculo; a pesar del bastonero. Para celebrar bodas, bautizos y comuniones. A mediados del pasado siglo XX no había otra cosa. Y fueron felices.
Seguro que tanto como yo. Cuando, en medio de una animada conversación sobre la profesionalidad del cuadro artístico de Pozuelo de Alarcón (eran buenísimos), Goyi Pérez, sin previo aviso, me pasó -para que leyera- un programa de la obra «Manda a tu madre a Sevilla» de José de Lucio en la que daba vida a Obdulia. Con fecha de 22 de febrero de 1959. Como una ilusionista que, por sorpresa, saca un conejo de su chistera. Lo ha guardado casi setenta años y ahora ve la luz en esta azotea.
La magia del momento no evitó que me diera un vuelco al corazón. La recaudación de aquel alarde de espectacularidad interpretado por trece actores, bajo la dirección artística de Pablo Granizo, iba destinada, por iniciativa del Ayuntamtento, a los damnificados de Ribadelago, un pueblecito de la comarca de Sanabria (Zamora) a la que siempre hay que volver. Mi madre me había contado que una riada, originada tras la rotura de la presa de Vega de Tera, lo arrasó. El 9 de enero de 1959. Perdieron la vida 144 de sus 532 habitantes.
Después llegaron anécdotas de niños jugando en las sesiones de cine o sentados en el alféizar de las ventanas del salón cuando el aforo estaba completo. Y de adultos, como los que se presentaron al baile en mangas de camisa y no les dejaron pasar. Era verano pero había que guardar las formas. Volvieron con abrigo, gorro, bufanda y guantes. Paquita Herranz lo recuerda perfectamente y lo contó con la gracia que le caracteriza.
Para gracejo el de los «Escritores Escondidos». A pesar de enfrentarse por primera vez al respetable en un teatro (centenario para más señas), bordaron sus papeles de Vale, Caye, Cele, Doña Reme, Doña Emilia, Florita, Ulalio y Tito en una historia de Madrid en los escenarios de sus verbenas. Como elegante escenario, el suyo. Marisa Casillas y una cuadrilla de capibaras lo dejaron «niquelao» que dirían los autores de «Sainete para Siete». Esos que sueñan con ver su obra en el Mira Teatro.
Quienes ya han pisado sus tablas y volverán a hacerlo el próximo domingo, 1 de febrero, son los chicos y chicas de la Banda de La Ynseparable y de sus coros (infantil y adulto). Para estrenar «El becario», una aventura con Felipe García como director musical y Nacho González como el becario. Que no te dejará indiferente.
Pero esa es otra historia, como el regreso de su ciclo Café Teatro con un acústico de guitarra, más viajes culturales o la celebración de alguna fiesta tradicional en un espacio llamado a ser, como en el siglo XX, centro neurálgico y punto de encuentro.
Que regrese el espíritu de La Ynseparable. Amén.
Fotografías: Manolo Martín
EL TESORO DE GOYI
Nacho González, en acción



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