Dentro de un mes se cumplen sesenta y tres años de su llegada al mundo. Lo hizo en su casa de la calle Olivar. Su padre fue a buscar a la comadrona, en bicicleta, al barrio de la Estación. Pero la partera no llegó a tiempo. Luciano, con la sabiduría popular de su madre, ayudó a su esposa Carmen a dar a luz a su primer retoño. Marisa Casillas es una de las pocas mujeres nacidas en Pozuelo de Alarcón. Además de una luchadora incansable. En todos los sentidos. Este año se ha convertido en chica de calendario y abuela. Aparece en el primer mes del almanaque solidario de la Asociación Madrileña de Afectados de Linfedema y Lipedema (AMAL) de la que es socia desde que, a consecuencia de un cáncer de mama, padece linfedema. También en enero nació Sol y ahora todo tiene más luz. Hasta las reuniones en la Junta Directiva de La Inseparable a la que pertenece y con la que mantiene un vínculo especial. Toda su vida ha estado ligada a la Asociación Cultural más antigua de la ciudad. En su patio, con juego de la rana, celebró su primera Comunión.

Luciano había llegado a Pozuelo algunos años antes de pedalear, con los nervios a flor de piel, hasta el barrio que está a punto de celebrar sus Fiestas Patronales. Vino con su familia desde un pueblecito de Ávila con tres años, un burro y una cabra. Decidieron abandonar el horno de pan que regentaban en Ojos-Albos en busca de una vida mejor. Primero estuvieron viviendo en una especie de gallineros que había en lo que hoy es la residencia La Atalaya, luego en la Colonia Buenos Aires y después en el callejón de las Siete Chimeneas. Los comienzos, como casi todos, fueron duros y el padre de Marisa tuvo que emplearse siendo niño como pastor y cuidando animales.

Mientras, Carmen, que había llegado de una aldea de Toledo con trece años, trabajaba para una familia americana en la Colonia Benítez. Los señores quisieron llevársela a Estados Unidos. Pero ya era novia de Luciano y lo de cruzar el charco no entraba en sus planes. Se habían conocido, a finales de los cincuenta, en un baile cerca de la parroquia de la Virgen que lleva su nombre y en la que después se casaron para formar su propio hogar.

Ese en el que crecieron Marisa y sus dos hermanos. En el corazón del pueblo que les había acogido y en el que trabajaron duro para sacarles adelante. De su infancia la abuela en pañales recuerda una rampa, una rueda de granito enorme y las cuevas de la guerra. También las casas del tío Cayuelas y que en el barrio había pocas niñas. La mayoría eran niños que jugaban al cinturón y golpeaban desgastadas pelotas de fútbol. “Como ellos, nos pasábamos la vida en la calle, machando cristales para esconderlos como tesoros, y recogiendo amapolas o margaritas por las que revoloteaban mariposas y mariquitas. A mi me fascinaba mirarlas”.

Blusas reales

Parece una fantasía pero hubo un tiempo en el que no había que irse lejos del centro para encontrar campo. O huertas. O fábricas de curtido, a la orilla de un arroyo que se congelaba en invierno y que quienes trabajaban en el oficio -como Luciano- se afanaban en descongelar, como podían, para lavar las pieles. El cabeza de familia también trabajó un tiempo en la construcción, levantando pisos señoriales en la calle Pintor Rosales, pero tuvo un accidente construyendo su propia casa del que se salvó de milagro. Tras superar una gangrena en la mano y someterse a varias operaciones. Sin embargo, no dejó de trabajar. Se jubiló a los sesenta y siete años en la Empresa Llorente donde se encargaba, en turno de noche, del mantenimiento de las cocheras y de rellenar los depósitos de combustible. Acaba de cumplir noventa veranos y lo ha celebrado con los suyos en La Inseparable. Es genio y figura.

Volviendo a nuestra protagonista… pasó por varios colegios públicos antes de llegar al Liceo Sorolla donde el proceso de adaptación fue complicado. Marisa se rompió una pierna, al caerse de su bicicleta en la Fuente de la Salud, y perdió muchas clases. Además el nivel de inglés del centro privado, que acababa de abrir sus puertas cerca del parque del accidente, era muy alto. Lo que le llevó a tomar la decisión de cambiar pupitre, cuadernos y donut por tijera, máquina de coser y tartera.

  • A ver… ¿Cómo es eso?

Con diecisiete años comencé a trabajar en BLUYVE, una fábrica de camisas, cercana a la Casa Grande, en el polígono industrial del matadero. La empresa compartía edificio con una de discos y otra de confección de ropa en general. Aquella fue la primera vez que pasaron por mis manos tejidos de alta gama -sedas, terciopelos, crepé- y que tuve cerca una remalladora. Mi padre se enteró por un compañero que buscaban operarias para coser blusas de señora y allí me planté. Algunas de aquellas elegantes camisas salían de Pozuelo con la etiqueta de El Corte Inglés y otras, con la de Chivas, llegaban hasta el Palacio de la Zarzuela para la Reina Sofia. Después sacaron una segunda marca, más económica y juvenil que se llamaba Chiccas. Cuando me puse la bata el primer día no sabía nada, ni de corte ni de confección, y me pusieron a igualar. La tijera se convirtió en herramienta de trabajo habitual. Aprendí muchísimo en los quince años que estuve en la fábrica y conocí gente maravillosa.

También fuera de la sala de máquinas. Sin ir más lejos, a su novio, Pascual. Se casaron y tuvieron una hija. Marisa estaba a punto de dar a luz a Yaiza cuando BLUYVE abandonó el barrio y ella no se reincorporó. Dos años después, la hermana de Gemma, con su pequeña en la guardería, se zambulló en el mundo de los los trajes de baño.

  • Así que, tras aquella primera experiencia, te picó el gusanillo de la moda…

Quizás un poco sí. Yo quería volver a trabajar y surgió una oportunidad cerca de casa; en un chalecito de la zona de Bellas Artes. Me hicieron un contrato y comencé a hacer bañadores y bikinis de lycra. Recuerdo que eran muy bonitos. Luego estuve con dos amigas cosiendo prendas que nos traían cortadas. Hasta trabajamos con la diseñadora de “Las vacas flacas” que hacía ropa con guantes o bayetas. Aquello fue muy divertido. Entre las tres dábamos rienda suelta a nuestra imaginación creando piezas únicas. Como un chaleco uniendo calcetines. O una chaqueta con trapos de cocina. Era una bendita locura.

Pesadillas y sueños

De ahí dieron el salto a Pasarela Cibeles cosiendo parte de la colección masculina de Antonio Alvarado. El diseñador alicantino llegó hasta ellas a falta de pocos días para el comienzo de la Semana de la Moda. Porque le habían dejado «tirado» en un taller de Toledo. Las chicas se esmeraron y lograron entregar el encargo a tiempo pero, a pesar de su proeza, se las vieron y se las desearon para asistir como público al desfile. Lo consiguieron pero acabaron algo desencantadas con la experiencia.

Entonces fue cuando Marisa Casillas comenzó a tener problemas con sus cervicales. Hubo que cerrar el tallercito casero que habían montado. Vendieron algunas máquinas y se centró en los suyos -su hermano había fallecido y su madre tenía metástasis- hasta que no tuvo más remedio que centrarse en ella. En 2004 le detectaron un cáncer de mama que le puso la vida del revés.

  • Han pasado veinte años de aquella pesadilla ¿Cómo revives todo aquello desde la distancia?

Pues volviendo al momento de la mala noticia. Yo estaba controlada porque tenía un bulto en el pecho. Al regresar de unas vacaciones me di cuenta de que había crecido. Se lo comenté al ginecólogo y me dijo que estaba obsesionada. Pero no. Mi cáncer era muy invasivo. Ahora pienso que se podía haber cogido antes. Al final me quitaron veintitrés ganglios y me realizaron una doble mastectomía. Que terminó en una reconstrucción mamaria complicadísima. Eso fue otro calvario. Recuerdo que cuando acabé con los ciclos de quimioterapia y radioterapia falleció mi madre y luego me detectaron un linfedema. Desde entonces formo parte de la Fundación La Vida En Rosa, participando en el programa Corre en Rosa como andarina (aunque también practiqué como terapia el tiro con arco) y de la Asociación Madrileña de Afectados de Linfedema y Lipedema (AMAL).

Con AMAL Marisa ha debutado como modelo. Es el mes de enero y los brazos con mariposas de un calendario solidario. Que recoge fotos de un gusto exquisito y una sensibilidad increíble. Que se ha convertido en exposición y que ha pasado por varios colegios de médicos. A Marisa le encantaría ver la muestra en un espacio cultural de Pozuelo. A mí también.

Porque hay que presumir de vecinos. Siempre. Sobre todo si su biografía es tan inspiradora y han aportado tanto al tejido asociativo y cultural. Que esa es otra…

  • ¿Cuándo comienza tu relación con las asociaciones de Pozuelo de Alarcón?

Siempre he tenido un gran vínculo con La Inseparable. En su patio celebré mi Primera Comunión y mis padres su boda. En sus salones conocí a mi exmarido. Pascual es músico militar y por aquel entonces era profesor de percusión. Cuando se formó La Lira de Pozuelo le pidieron el favor de sustituir a Emilio Martorell como director de la banda y aceptó. Estuvo un año en el cargo. De hecho las primeras paellas que se hicieron en La Lira las preparé yo. A comienzos de los noventa, ofrecieron un concierto increíble en el antiguo patronato de Cultura. Todo fueron felicitaciones pero, horas después, decidieron prescindir de sus servicios. A partir de ese momento me centré en mis clases de música, movimiento y canto en La Inseparable. Actualmente toco el clarinete y soy integrante del coro. Además, para tratar de sacar adelante un proyecto ilusionante, formo parte de su junta directiva. También soy miembro de la Congregación de la Virgen de la Consolación Coronada y socia de La Poza. Porque creo en la defensa y conservación de nuestras tradiciones. Siempre que puedo acudo a las actividades que organizan o en las que participan a lo largo del año. Como la romería de San Gregorio, la Fiesta de Las Viejas, El Manteo del Pelele o El Día del Niño.

Llegados a este punto… nosotras seguimos a lo nuestro. Porque lo suyo y lo mío se parecen mucho. Porque lo suyo y lo mío es lo nuestro. A Marisa le gustaría que existiera más unión vecinal en todos los terrenos pero sobre todo en el asociativo. No entiende el espíritu independiente -y hasta separatista- de algunos colectivos locales ni la falta de apoyo municipal a proyectos o ideas que son buenas para la ciudad y que nos situarían en el mapa excelente de la cultura y la solidaridad. “Como Arte por ellas, la primera exposición a favor de Fundación La Vida en Rosa, que Pozuelo dejo pasar y que finalmente se montó, con gran éxito de crítica, público y venta, en el Palacio del Infante Don Luis de Boadilla del Monte”.

Y sueña con la transformación del corazón de la ciudad. Con una plaza repleta de comercios, restauración y vida. Parecida a la arteria peatonal de Majadahonda. Con espacios sombreados. Porque la nuestra -asegura con resignación- solo tiene obstáculos y barrotes. También sueña con un cambio en la mentalidad de los gestores políticos. Para que quieran lo mejor para Pozuelo de Alarcón.

Y si tuviera una escoba…

Carmen y Luciano

Marisa y Gemma Casillas

Las niñas de sus ojos