Enero, después de los excesos navideños, invita a volver a las comidas sencillas, reconfortantes y calientes ¿Quién no ha recibido este mes algún meme con la leyenda comienzan los juegos del hambre? Durante la posguerra, en nuestro país, no fue precisamente un juego. Nuestros mayores nos han contado las penurias que vivieron. Ojalá sus historias sirvieran de ejemplo para que no volvamos a pasar por algo así. Mi padre, sin ir más lejos, recuerda aún con lágrimas en los ojos cómo engañaron a su madre al comprar arroz de estraperlo: después de cargar con el saco a hombros, andando desde Móstoles, solo había arroz en la capa superior. El resto era arena. Cuenta también cómo seguía a quienes paseaban comiéndose una naranja, con la esperanza de que tiraran la cáscara para poder llevársela al estómago, o cómo acudía con la cartilla de racionamiento a por el pan y veía que el trozo más grande siempre acababa en manos de personas influyentes. Se me encoge el corazón escuchando estas historias, y quizá por eso en casa valoramos cada cucharada y procuramos no desperdiciar nunca la comida.
Aprovechando un par de rayitos de sol he cocinado las sopas de ajo de mi madre. En una versión revisada y mejorada. Porque en casa las preparamos con caldo casero de pollo y un huevo escalfado. Cuando le conté a mi padre que iba a escribir esta receta y a recordar todo esto, me dijo: ¡quién hubiera pillado este plato cuando era pequeño! La verdad es que, cada vez que las hacemos, se las come con un gusto especial.
La versión original de las sopas aparece en un libro maravilloso titulado «Recetas de guerra», escrito por nuestra vecina Berta Álvarez Acal. El libro está dividido en cuatro partes:
- 1931-1935, la modernidad llega a la gastronomía
- 1936-1939, la lucha contra la escasez
- 1940-1945, ingenio para la supervivencia
- 1946-1952, hasta el fin de las cartillas de racionamiento
Las sopas de ajo se incluyen en la última parte, donde aparecen algunas más cercanas a las actuales. Pero los capítulos que más me han emocionado son los dedicados a la lucha contra la escasez y al ingenio para la supervivencia ¿Te imaginas una tortilla de patatas sin huevo y sin patata? ¿Arroz con leche… sin leche? Son solo un par de ejemplos de recetas que Berta ha recogido en su libro y que, por pura curiosidad, algún día me animaré a probar. Aunque la propia autora advierte que algunas no están especialmente buenas.
Durante la presentación del original recetario Berta contó que ha recreado muchos platos a partir del cuaderno de recetas familiar. Además, busca la vajilla en mercados de antigüedades, escribe los textos y realiza las fotografías. Me sentí muy identificada con su trabajo, salvando las distancias, por mi pequeña aportación en La Voz de Pozuelo: cocinando vuestras recetas, contando vuestras historias, buscando vajillas y accesorios para las fotografías y retratando los platos que tenemos la suerte de degustar. El libro, sinceramente, me ha encantado.
Ahora sí, vamos con las sopas de ajo a mi manera (y a la de mi progenitora).
Ingredientes
- Pan duro al gusto, aproximadamente ½ hogaza o barra
- Media cabeza de ajos (si se hace con agua que sea la cabeza entera)
- 6 cucharadas de aceite
- 1 cucharadita de pimentón
- 1 cucharadita de cominos (opcional)
- 2 litros de caldo de pollo (la original es con agua)
- Sal
- Huevos
Elaboración
- En una cazuela grande -si es de barro, mucho mejor- dorar los ajos sin pelar (ajo pelado, sabor matado) No te preocupes por las pieles porque una vez porque cuando hierva el caldo las pieles flotan y las puedes retirar con una espumadera.
- Añadir el pimentón y, de inmediato, incorporar el caldo para evitar que se queme. El caldo que consumimos en casa es el resultante de hervir carcasas de pollo, que aporta mucho colágeno y sabor. Ahora es el momento de retirar las pieles de los ajos y si no te gusta encontrar ajos cocidos los puedes batir para que se fundan con el caldo.
- Incorporar los cominos y dejar hervir unos minutos. Si prefieres puedes machacar los granos enteros o en polvo.
- En ese mismo caldo, escalfar los huevos. Para ello, remover enérgicamente hasta crear un pequeño remolino y añadir el huevo; así queda más redondo. Cocer durante unos 3 minutos.
- Colocar el pan duro, cortado muy fino, en los platos. Añadir el huevo escalfado y, a continuación, el caldo bien caliente.
En ocasiones también cocemos el pan directamente en el caldo para que quede más blandito. De hecho, es la forma original de preparar estas sopas. Espero que os animéis a cocinarlas y a disfrutar de un plato lleno de historia. Y que os haya gustado la receta y todo lo que la acompaña ¡Me encantará saber cómo la preparáis en casa, si seguís la versión más tradicional o si, como nosotros, le dais vuestro toque personal!
La próxima entrega de «Casillas en la Cocina»… en febrero. Cargadita de amor.


