Ella añade emergente. Mientras verdea el verde de sus ojos. Ahora puede ver la vida en color pero su escala de grises ha atravesado desde el más claro al más oscuro. Tenía cinco años cuando sus padres se divorciaron. Desde entonces ha vivido siempre con su madre. Acercándose a los cuarenta asegura que su progenitora es la persona más fuerte que conoce y la que más le ha inspirado. Juntas se instalaron en un chalecito de Pozuelo Estación y Celia comenzó a recorrer las calles del barrio. Estuvo un par de cursos en el colegio Pinar Prados, donde recibió clases de pintura e hizo amigas que aún conserva, y terminó sus estudios en el colegio Alarcón. Luego, a pesar (o en contra) de sus inquietudes artísticas, se licenció en Derecho en la universidad Carlos III y se fue de Erasmus a Burdeos. Del campus de Colmenarejo y la ciudad de exilio voluntario de Goya guarda gratos recuerdos. Los de su acceso al mercado laboral, de despachos y expedientes, son más feos. Pasó de sentirse feliz, como una perdiz, a adentrarse en una vorágine incómoda. En el trabajo le costaba concentrarse y sus emociones brotaban como una cascada. Le pasaba lo mismo fuera del ámbito laboral. A la primera de cambio. Hoy sabe que es neurodivergente (TDAH) y PAS (Persona Altamente Sensible). Eso no le ha impedido sacar buenas notas, viajar y relacionarse con mucha gente. Tampoco expresarse a lo grande. Antes de la pandemia, mientras preparaba oposiciones, comenzó a hacerlo a través de sus cuadros. De paleta multicolor. Ahora vive en Pozuelo Pueblo, cerca del centro cultural Esperanza Morón. De su sala colgó uno de ellos (“Despertar”) en la exposición Mujeres Artistas de Pozuelo de Alarcón y otro (“Furia) en el Mira, en la muestra de obras del Certamen Nacional de Pintura. En breve cuatro, deliciosos, formarán parte de una apetecible propuesta gastronómico-artística.

Acabamos de conocernos y parece que somos amigas. Lo hemos hecho por “causalidad” y por culpa de unos estores que vendió a un hostelero. También de ojos claros y autóctono. No voy a entrar en detalles. Celia Betanzos se ha cruzado en nuestro camino con la alegría, la fuerza y la  intensidad de su pintura. Es una chica extrovertida y divertida. A pesar de que la metáfora de su existencia es una montaña rusa. Con subidas, bajadas, curvas y giros inesperados. Ahora la felicidad ha llegado en forma de lienzo, espátulas y pinceles.

Celia asegura que la vena artística le viene de su familia materna. Desde pequeña le ha gustado expresarse a través de la pintura. De hecho, hasta hace relativamente poco ha recibido clases en varias academias y en los talleres de la concejalía de Cultura. Como escuchaba constantemente que no se podía vivir del arte decidió estudiar una carrera para tener más salidas profesionales. No se arrepiente de haber cursado Derecho en la sierra madrileña, cerca de las ovejas, ni de su paso por la Université Mostequieu Bordeaux IV en tierra de viñedos. Tampoco de ampliar su formación con un Máster en Propiedad Intelectual pensando en que algún día podría trabajar como abogada en una discográfica o en una productora audiovisual. Quizás en un alarde de idealización, fruto de su incansable búsqueda de un lugar en el mundo.

El principito, en español y en francés

Hoy grita a los cuatro vientos que no sirve para estar encerrada en una oficina rodeada de torres de carpetas. Lo sospechó cuando hizo el curso de práctica procesal civil y se incorporó al grupo de trabajo en el Colegio de Abogados de Madrid y lo confirmó en la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea. Lo malo es que se dio cuenta a cientos de kilómetros de Nube. Adoraba a su Schnauzer y tuvo que despedirla casi a distancia. “Después de años de tareas de responsabilidad en todas las ramas del derecho y de traducir contenido jurídico del francés al español pensé que en Alicante encontraría mi sitio pero fue una decepción absoluta. Mi labor consistía en analizar datos y preparar estadísticas. Mientras mi perrita se moría. Aquello me generó una ansiedad brutal y volví a Pozuelo angustiada pero dispuesta a hacer borrón y cuenta nueva”.

Aunque siempre se le han atravesado las matemáticas. Como a mí. Es de letras (obtuvo un 9,5 en filosofía de Selectividad) y a mucha honra. Igual que yo. Quizás, por eso, le gusta tanto el cine de autor y diálogos profundos, el teatro que juega con los clásicos y las canciones que reivindican la riqueza del lenguaje. Las dos seguimos impresionadas con la película Sirāt y saboreamos las palabras que forman canciones indie. Como un buen cocido. Hemos leído Los Santos Inocentes de Delibes varias veces y tenemos en casa El Principito en español y en francés.

  • Eso en cuestión de gustos ¿Y en el apartado de las pasiones?

Mis grandes pasiones son la pintura y las flores. Alguno de los genios que más han influido en mis obras son los impresionistas y post-impresionistas como Renoir, Cézanne, Manet o Van Gogh… También Kandinsky porque me encanta el uso que hacía de los colores. Las flores las he pintado desde niña. Acabo de hacer un curso de arte floral que me ha hecho reconsiderar mi futuro laboral. Me siento libre entre lienzos en blanco, pintura acrílica, pinceles y espátulas, pero también creando ramos con flores naturales.

Desde luego es más entretenido y amable que preparar oposiciones. Celia lo ha hecho en varias ocasiones. Este verano ha decidido guardar los apuntes en el cajón y dar rienda suelta a su faceta pictórica. Porque hay varios proyectos interesantes a la vista. El más inmediato es muy potente. Tiene que ver con los cinco sentidos y está relacionado con la gastronomía y los vinos castizos.

Hasta aquí puedo escribir. De momento.

Como Celia, yo también tengo un sitio de recreo al que volver siempre. A descansar.

Aunque, a veces, duela.

Para allá que voy.