Carmen del Llano abría la puertecita de su panadería-lechería a finales de los años sesenta en la calle Fuego. Animada por su hermana Isabel que tenía otra en la calle Luis Béjar desde 1963. Eduardo Ramos estaba poniendo los cimientos del barrio de los Elementos y había instalado la oficina de venta de pisos en la esquina de la arteria principal con la que varias generaciones conocemos como calle de atrás. Ambas convencieron al constructor para que les vendiera aquel espacio donde garantizar a los nuevos residentes; sobre todo matrimonios jóvenes de clase trabajadora, procedentes de diferentes puntos de la geografía española, dos alimentos básicos: pan y leche. Así comenzaba todo.

Antes de ponerse al frente de su tienda Carmen había trabajado como encargada de la fábrica de Explosivos Río Tinto situada en el camino de Húmera y cosido guantes cuando vivía con sus padres y hermanos en la calle Hospital. Siempre fue muy activa. La vena emprendedora le venía de familia. Su padre, Guillermo, había fundado Transportes Del Llano, empresa dedicada al transporte de materiales de construcción, de la que luego se hizo cargo su hijo, Antonio. También Carmen e Isabel aportaron su granito de arena a la gestión.

Luego salieron del hogar para casarse. Carmen se fue a vivir al barrio de la Estación porque su marido, Ángel López, trabajaba para Renfe. Sin embargo, poco después de abrir la panadería se incorporó al negocio para garantizar el abastecimiento diario de leche fresca. Tuvo que sacarse el carné de conducir para ir a buscarla, a eso de las cinco de la mañana, a una vaquería de Galapagar. La transportaba en cántaros metálicos y al llegar a la tienda la vertía en grandes cámaras provistas de grifos por los que se dispensaba a granel.

Las cantidades se medían con tres jarras metálicas de cuarto, medio y litro. Cada cliente llevaba su propio recipiente. Los había para todos los gustos y en todos los tamaños; desde lecheras de metal o plástico hasta botellas de cristal pasando por cazos y cacerolas. Antes de consumirla había que hervirla. No recuerdo a mi madre haciéndolo porque la venta de leche fresca en España se prohibió en 1973 cuando yo todavía no tenía “uso de razón” pero sí a mi abuela en el pueblo. El ritual -o al menos el suyo- consistía en dejarla subir tres veces.

La prohibición no acabó con la venta. Solo transformó el consumo. A partir de ese momento se envasaba en origen, en bolsas de plástico, y no era necesario cocerla. La que más se vendía en la tienda se llamaba “Los Llanos” y procedía de una granja de Navas del Marqués. Por el parecido razonable del nombre con el apellido “Del Llano” hubo quienes pensaron que Carmen tenía acciones en la empresa láctea o que la envasaban en exclusiva para ella. Algo que no paraba de desmentir. Las bolsas de La Priégola no tenían tanta demanda.

La edad dorada del bocadillo

El alma del negocio también madrugaba para girar la cerradura y colgarse el delantal. A eso de las seis y media de la mañana atendía a quienes marchaban a sus puestos de trabajo. Muchos eran obreros que levantaban bloques de pisos a la vuelta de la esquina. Según avanzaba el día la clientela cambiaba y durante años fue habitual la visita de mujeres en diferentes semanas de gestación. Comenzamos a llegar los de la EGB y los López Del Llano a quedarse todo el tiempo en el barrio trasladando su residencia a la calle Tierra donde compartieron portal con Juan y Petra.

Los vecinos llamaban a su timbre fuera del horario comercial porque se habían quedado sin leche para el desayuno del día siguiente o les hacía falta pan. Y sin poner ninguna excusa dejaban lo que estuvieran haciendo para acudir a su negocio y satisfacer las necesidades de aquellos a los que también guardaban barras cuando iban quedando pocas y no habían aparecido por la tienda.

En el comercio de Carmen y Ángel se vendía mucho pan, en sus múltiples variedades -pistola, barra, hogaza, gallego, candeal- y al gusto del consumidor; más “blanquito” o más “tostadito”. A finales del siglo XX vivimos la edad dorada del bocadillo. Recreo, excursión, parque, tajo, fútbol… Carmen lo compraba en “La Palma”, una panificadora del barrio de Tetuán, que lo distribuía en grandes cestas; a las seis y media, a las diez y a las doce. El último reparto era el más esperado. Al que fuera durante años el repartidor, Tomás, los clientes le trataban con tanta familiaridad que incluso le regañaban cuando se retrasaba por el tráfico y tocaba esperar más de la cuenta.

La oferta se completaba con dulces al peso como mantecados, rosquillas o bizcochos y los pastelitos que hacían que te olvidases de la cartera. También los que venían en un envoltorio de plástico. Pero la reina indiscutible de la panadería era una magdalena nacida en 1968 en un pequeño obrador de la Puebla de Alfidén (Zaragoza). Tuvo tanto éxito que en 1972 inició su producción industrial. Para que el dibujo de perfil de una joven con gorrito y trenza llegara a todos los hogares españoles. Hoy lo sigue haciendo pero pertenece a una compañía líder en el mercado español de bollería y pan de molde.

Helados Camy

 

 

 

 

 

 

 

 

Justo cuando las magdalenas comenzaron a fabricarse de manera industrial Carmen comenzó a vender helados de la marca Camy. Aquello supuso una revolución. Todavía faltaban años para la aparición de los kioscos pero ella fue una adelantada a su tiempo. Además de introducir su venta, los fines de semana sacaba del interior de la tienda una de sus cámaras frigoríficas a la calle y los vendía desde mediodía. Para el postre, la merienda o después de cenar. Los más demandados por el público infantil eran los de limón, naranja y el que tenía forma de cohete con cápsula de chocolate. Los adultos preferían los bombones y el clásico corte.

Al principio, atendía personalmente su “puesto” de helados y esperaba a los clientes haciendo punto. Le encantaba. Como ella, muchas vecinas se entretenían tejiendo en sus sillas, delante de algún portal, en las largas tardes de verano. Después Lola, la madre de un artista que no hace mucho volvió a sus orígenes para exponer su obra, le hizo el relevo para que pudiera descansar.

La panadera de mi barrio, una mujer trabajadora y generosa, murió en 1979 con cuarenta y nueve años. Tras vender pan y leche a varias generaciones de vecinos. Alguno recuerda que fue una de las invitadas en su boda. Porque formaba parte de la familia. Su marido, al que todos conocíamos como señor Ángel, se hizo cargo de la tienda, con la ayuda de sus hijas, Magda y Chiqui, hasta su jubilación. En la última etapa, antes del cierre, la atendió su yerno, Jesús.

Asunción Mateos Villar

Foto de apertura cedida por Angelines Ortiz
(En la moto, su padre, José María, propietario de La Bodeguilla)

EL BARRIO DE LOS TÍOS
Por Conchi Contreras del LLano

La panadería estaba situada frente a dos galerías comerciales hoy cerradas que durante tres décadas funcionaron a pleno pulmón. Actualmente en una de ellas se encuentra la mezquita. En la década de los setenta allí se establecieron numerosos negocios.

En la que conecta solo con el barrio estaba la frutería de Ana Mari y su hermano Pedro; la perfumería -droguería de Toñi y posteriormente de Virtudes; el puesto de ultramarinos de Mari Jose, la carnicería de Rocha, la pollería de Isidro y la tienda de ropa del señor Juanito que luego fue zapatería y papelería. En la que tiene entrada por la calle Reina Mercedes estaba la pescadería de Aparicio, el supermercado de la señora Mercedes del que luego se hicieron cargo Andrés y Agustina, la droguería de Juan Lozano, la lechería de Pablo y Valentina y la salchichería de Alfredo.

También en el propio barrio, fuera de las galerías comerciales, se encontraban los ultramarinos de Petra y Juan y la tienda de Concha con sus sabrosos polos de refresco que hacía ella misma. Justo al lado de la Academia Rubio que en los años setenta inauguró un joven matrimonio, José y su esposa.

En la calle Calvario, subiendo las escaleras, estaba la panadería de Ángeles y Nazario. El entorno del barrio fue durante más de tres décadas un punto neurálgico del comercio en Pozuelo. Animado por bares como el Aperitivo, el Nebraska o la bodeguilla de José María que tenían siempre mucha gente. Compraban los de los portales cercanos pero también gente de otros puntos de Pozuelo de Alarcón que con los años se convirtieron en clientes fijos.

El ambiente era muy bueno, había confianza y todos se conocían. Es entrañable recordar a las señoras Consuelo y a Patricia, dos vecinas de la calle del Aire que siempre iban juntas a la compra. Y en épocas como Navidad todo se volvía especial y muy alegre. En aquellos años la señora Margarita que era lotera y tenía muy buena relación con mi tía se sentaba en una silla dentro del local a vender la lotería de Navidad a los clientes que iban a comprar a la tienda. La propia Carmen, que era gran aficionada, compraba billetes que luego regalaba entre los clientes mediante participaciones que ella misma hacía, rellenando de su puño y letra una especie de talonarios que se compraban en la papelería.

La Navidad era una época muy especial para los panaderos porque el 25 de diciembre el 1 de enero no se fabricaba pan. Eran los dos únicos días del año que descansaban. Esto obligaba a trabajar el doble el día de Nochebuena y el de Nochevieja. Si era necesario incluso la señora Margarita echaba una mano y se ponía a despachar el pan.

Conchi, apoyada en el portal, y sus primas Magda y Chiqui en 1970. Posaban para probar la nueva cámara de fotos