Parece que fue ayer cuando un grupo de vecinos nos reunimos en la sede de la peña El Albero para recuperar la tradición de los gigantes y cabezudos. Lo de crear una comparsa era algo impensable en aquel momento de huchas petitorias y donaciones espontáneas. El embarazo fue una mezcla de envidia -sana por supuesto- y sueño. Resulta que alguno de los promotores de la idea habían contemplado los gigantes de Pamplona con nostalgia. Porque los nuestros desaparecieron y no volvieron jamás. Había que intentar resucitarles a ellos y la ilusión que, durante el pregón de las Fiestas Patronales, vivimos muchos. Algunos siendo niños con nuestros padres. Tengo pruebas. Los míos están en una fotografía, de comienzos de los años setenta, que ha llegado a mi poder por arte de birlibirloque. Que diría el brujo Casimiro. A su lado, hay una niña que podría ser yo pero la calidad del positivo no me permite confirmarlo. La que sí soy es la Casilda en la fotografía que he seleccionado para abrir esta reflexión desde la azotea.
Aquel intercambio de impresiones en la calle de la Iglesia fue el germen de una Comparsa de Gigantes y Cabezudos que nació, creció y se multiplicó. Convirtiéndose, por méritos propios y, sobre todo, del maestro Aitor Calleja en la más bonita de España. Y no lo digo yo. Que también.
Casi todo lo relacionado con altezas y cabezones está en La Voz de Pozuelo. Quienes me conocen saben que no pertenezco a ninguna peña ni asociación. Prefiero colaborar siendo el altavoz de quienes trabajan a diario para llenar de vida las calles o recuperar tradiciones, usos y costumbres. Porque sin ellos perdemos nuestra identidad y las cosas no están para dejarnos nada más en el camino.
Desde sus comienzos, los amigos de la primera comparsa de gigantes y cabezudos de la historia de Pozuelo de Alarcón se han esforzado por llevar el nombre de la ciudad a lo más alto y lo han conseguido. Con mucho esfuerzo y algunas dosis de cabezonería. Las parejas de gigantes y los cabezudos son el mejor ejemplo. Como los gigantillos y el museo que han montado en el viejo palomar que domina el anfiteatro El Torreón. Estos días, en torno a la torre con vistas a Bularas, han ensayado «Remembranza», el espectáculo que estrenan este sábado para celebrar su décimo aniversario.
No quiero desvelar demasiado. Pero, desde mi humilde punto de vista, es un maravilla. El texto que interpretan los cabezudos recorre la historia de Pozuelo de Alarcón. A través de diálogos, salpicados de música y bailes de altura, que recrean situaciones cercanas y divertidas. Autóctonas. Con sabor a lombarda y leche materna. Es ameno y didáctico.
Creo que debería llevarse a los colegios de la ciudad para que las nuevas generaciones descubran la vida y los milagros de un pueblo convertido en gran ciudad en menos de un siglo. Ellos son el futuro; una cantera gigantesca.
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El constructor de gigantes y cabezudos, Aitor Calleja, en acción y su criatura con cuerpo de reportera.

Juanjo Granizo, presidente de la Comparsa, y Elena González han escrito el guion de «Remembranza», a cuatro manos, y en los ensayos los personajes de la historia han aportado ideas y mejoras. Mientras Casimiro (Raúl Beleña) preparaba un bebedizo. El resultado es fantástico. El sábado 30, a las nueve de la noche, el estreno está servido. En caldero mágico.


La comparsa de gigantes y cabezudos de Pozuelo de Alarcón tiene actualmente más de doscientos socios de todas las edades. Juan y Flori son los mayores del grupo y Daniela, que acaba de cumplir ocho meses, es la más joven.


