Durante décadas fue, sin serlo, el fotógrafo oficial de Pozuelo de Alarcón. Por delante de unos ojos que ahora sólo distinguen sombras han pasado vecinos de toda clase y condición. Sentía debilidad por las gentes sencillas que lo mismo retrataba paseando por calles y plazas que en las fiestas patronales o familiares. Pero también tenía clientes fijos en más altas esferas. Como el banquero Juan Lladó y su esposa Mauricia Fernández Urrutia, propietarios de la Blanca Paloma -hoy La Finca– o los Marqueses de Urquijo. Gabriel Gomez tiene noventa y cuatro primaveras y una memoria privilegiada. Que, gracias a su hija Gloria, ha compartido con esta buscadora de historias a la que un día fotografió subida en un burrito.

Gabriel Gomez nació el 29 de abril de 1923 en Madrid. En el seno de una familia humilde. Dice que una guerra quiso que su padre, Miguel, viniera al mundo en Barcelona. Pero fue en la villa y corte,  a comienzos del pasado siglo, donde conoció a Gloria, una joven santanderina que llegó a la capital para trabajar en casa de los señores de Boetticher y Navarro. Con ella tuvo dieciséis hijos y que emplearse muchas horas en un taller de guarnicionero para sacarlos adelante. El inmueble, cercano a la glorieta de Bilbao, tenía una parte habilitada como vivienda que no reunía condiciones. La madre y los chiquillos se apañaban como podían hasta que el estado les concedió una vivienda en la colonia Benítez de Pozuelo de Alarcón. “La casa estaba en los terrenos del señor Gómez Tejedor, dueño de cafés La estrella”.

Antes de llegar a Pozuelo y de convertirse en fotógrafo Gabriel trabajó de tendero. Con tan sólo catorce años y en plena contienda decide colocarse de mozo en una tienda de comestibles. La cartilla de racionamiento no daba para alimentar tantas bocas. Ese primer trabajo y sus escapadas en bicicleta -con cajoncito- a Alcobendas, en busca de uvas y moras, hicieron que sus padres no tuvieran que salir a pedir comida. De aquello se siente muy orgulloso. Al acabar la guerra, tras años de recadero y de idas y venidas a Cuenca a por queso, decidió dejar la tienda porque cada vez tenía que acarrear más peso. Y porque ya se sentía atraído por la fotografía.

Me cuenta Gabriel -apretando bien mis manos- que en la posguerra era costumbre en Madrid fotografiar a parejas por la calle y que tres fotos costaban nueve pesetas. Comenzó a retratar a novios en la Puerta de Atocha y como aquello le gustaba decidió comprarse una cámara. La pago en doce plazos. Tan sólo llevaba unos meses apretando el disparador cuando tuvo la suerte de encontrar un trabajo. “Con veinte años empecé como mozo en la imprenta del Banco Hispano Americano gracias a un amigo de mi padres que era hermano del gerente del Boletín Oficial del Estado y a los sesenta me jubilé siendo jefe de máquinas”.

Cámara al cuello, puro en mano

Primero en Duque de Alba, luego en Alfonso XII y al final en Puente de Vallecas. Gabriel no ha olvidado ninguna de las sedes de la imprenta de la entidad bancaria. De nueve a dos y de lunes a viernes trabajaba en el banco. Con alguna excepción en caso de boda. Después regresaba a su casa de Aravaca, comía algo y se colgaba al cuello la cámara de fotos para comenzar otra jornada laboral en Pozuelo que no terminaba con el fin de semana sino más bien todo lo contrario. Fiestas de fin de curso en el Cine Dalia, enlaces con o sin alfombra, bautizos, comuniones, eventos deportivos, inauguraciones, meriendas en la Fuente de la Salud, condecoraciones… se enteraba de todo porque se pateaba las calles y tenía buenos amigos en todos los ámbitos de la sociedad pozuelera como Chavini, el sereno, Alejandro, el guardia o su amigo Chumilla. De la política -conoció alcaldes del viejo régimen y democráticos- a la iglesia pasando por las peñas de fútbol; como la Atlética que tenía su sede en el bar de Manta. Era un hombre de recursos; un reportero. Que fumaba Farias.

En los años cuarenta, cincuenta, sesenta y setenta había que tener un permiso de la Dirección General de Seguridad para hacer fotografías. A Gabriel se lo concedieron y después una ayuda del sindicato de fotógrafos para montar un laboratorio en una casa que consiguió, gracias a su insistencia con el guarda de la obra y a alguna cajetilla de cigarrillos, antes de estar acabada. La vivienda estaba en la calle Paulina Odiaga; muy cerca del parque de San Isidro. Tras unos años en el barrio de Carabanchel se traslada con su esposa y sus hijas a una casa en Aravaca. Para estar más cerca de Pozuelo, el pueblo que dice ha sido toda su vida.

El meneo del becerro

En la plazoleta positivaba escenas de la vida cotidiana de los chavales y se las llevaba a sus madres para que se las compraran; sabía que con el padre no tenía posibilidades. En La Inseparable capturaba a los amigos en el baile. En el casino de la colonia de la Paz charlaba con los Becerril y los Clemente de Diego y retrataba a sus hijos. En San José de Cluny era el encargado de las primeras comuniones y la madre Inés su monja preferida. En el cuartel de la Guardia Civil hacía las fotos el día de la Patrona. En casa de los Lladó veía crecer, a través del objetivo, a los hijos de Juan y Mauricia y casarse a Ramón con la fundadora de Radio Oeste, Paloma Figuerola-Ferreti en una ceremonia poco convencional que acabó con una verbena para el servicio. En Húmera fue el único reportero gráfico que pudo hacer fotos en el interior de la iglesia durante la boda de la hija de los Marqueses de Urquijo, Myriam de la Sierra, con Rafael Escobedo. Recuerda que la novia llegó una hora tarde.

Tras más de media hora de conversación fluida y emocionante llega el momento más divertido de la entrevista. Me intereso por las fotos que Gabriel hacía en las fiestas patronales, como las de las reinas de las fiestas. Más relajado vuelve al ruedo y me regala una anécdota. “El primer año que hice el reportaje de una suelta para los mozos me tiré a la plaza para hacer las fotos más cerca; no me di cuenta de que venía el becerro y no veas el meneo que me metió. Todo el mundo se asustó. El único que se reía con lo que me pasó fue mi tocayo el cura que, aunque tenía fama de ser muy serio, se tronchaba de risa cada vez que me veía”.

Gabriel es un libro abierto ¡Cuántas cosas han contemplado sus ojos! Ahora sólo figuras difuminadas. Su hija Gloria confía en que, cuando le operen de cataratas, pueda recuperar un poco de visión. Me gustaría que viera las fotos que han aparecido en una carpeta y enseñarle la que me hizo a lomos de un borrico en 1972.

Asunción Mateos Villar
Fotos: Noel de las Heras